martes, 12 de septiembre de 2017

Todo lo que cabe en los bolsillos

Los lectores empedernidos sabemos que efectos pueden tener en nosotros determinados libros.
Todos los textos, por triviales que parezcan, nos hacen reflexionar puesto que los autores ponen un mucho de si mismos en ellos. Inevitablemente nos comunican sus creencias, sus miedos, sus dudas...
Pero hay, en la vida del lector, alguno que se convierte en un terremoto para el alma.
Eso justo me ha pasado a mi con "Todo lo que cabe en los bolsillos". 

No diré que es la primera vez que me pasa porque, además de estar mintiendo, sería muy triste. Querría decir que lo que leo no me transmite y, por tanto, estaría perdiendo el tiempo.
Pero de entre todos los que me han hecho llorar, replantearme alguna de mis creencias o aprendizajes, pasarme noches en blanco pensando, hacerme sentir triste o alegre, ¡este ha conseguido aglutinarlo todo!.
Hay muchísima literatura alrededor del tema del Holocausto y este texto no aporta nada nuevo a lo que ya todos sabemos.
Pero el Gueto de Varsovia es otro asunto. Los libros de historia nos dan los datos, la fecha de creación, donde estaba ubicado y su extensión, la población total que lo ocupó durante el tiempo que estuvo en uso, la cantidad aproximada de las víctimas en ese periodo, la fecha en la que los nazis lo desmantelaron, las deportaciones y asesinatos durante el proceso de clausura, su destrucción.
Lo que no nos explican son las condiciones de vida en su interior.
Yo hacía un tiempo que había visto la película "El pianista" y por primera vez tuve una idea del infierno creado en la Tierra por estos expertos en tortura y exterminio.
Quien si no una mente así puede idear un plan en el que se encierra a miles de personas hacinadas en una pequeña extensión de terreno para que mueran de hambre, enfermedades, miseria, frío...
Bien pues, "Todo lo que cabe en los bolsillos" no aporta mucha más información.
Al contrario, quizá la manera de describir la vida cotidiana en el Gueto se hace de una manera más amable (dentro de lo poco posible que resulta).
Pero Mika, un adolescente que hereda el abrigo misterioso y las marionetas de su abuelo, sí que se convierte en algo muy especial.
Es como si viajáramos ocultos en uno de los misteriosos bolsillos de ese abrigo y pudiéramos ver la cara delgada y asustada de los niños del orfanato. O los ojos tristes y la aceptación de la muerte en las caras febriles de los pequeños enfermos del hospital.
Como para Mika, ellos se convierten en nuestra familia y nos sobrepasa el deseo de ver una sonrisa que ilumine esas infantiles caritas.
Como él, sentimos la incomprensión y el dolor que produce ver la crueldad del ser humano.
Y el titiritero se hace adulto bajo el peso de la responsabilidad y el dolor de la pérdida.
La pérdida de su familia, de los niños del orfanato, de los del hospital...
Pero los pequeños del orfanato se fueron, en fila india, en parejas agarrados de la mano, con sus mejores galas y cantando canciones.
No lloraron, no protestaron cuando los encerraron en los vagones de ganado del tren, no demostraron tener miedo.
Los pequeños enfermos de tuberculosis del hospital aceptaron su muerte con la resignación que los adultos jamás podríamos tener. De tres en tres en la misma cama. Sin medicamentos que aliviaran sus últimos días pero capaces, todavía, de esbozar una sonrisa con las marionetas de Mika.
"Todo lo que cabe en los bolsillos" es una historia de héroes. De pequeños y desconocidos héroes que nos hacen avergonzar y plantearnos nuestra actitud frente al mundo. Remueve nuestras almas y ya no somos los mismos cuando cerramos su última página.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Todo lo que cabe en el alma

"Todo lo que cabe en los bolsillos", "Todo lo que cabe en los bolsillos".
Una entrada anterior a esta, "Varsovia el viaje que me cambió", hablaba de que el lugar donde estaba ubicado el Gueto era tremendamente espiritual para mi. También comentaba, y si no lo hago ahora, que el sitio exacto ha quedado un poco difuminado pero que, el trozo de muro que queda en el antiguo cementerio judío, ya me sirvió para hacer mi insignificante como símbolo, muy importante para mi, particular homenaje a los cientos de miles de personas que sufrieron el infierno en vida en esa pequeña extensión de terreno, que, por mucho que ahora se haya convertido en una zona normal de la ciudad, no deja de estar inundada por la sangre y las lágrimas de todos ellos.
Hace algún tiempo descubrí un libro llamado "Todo lo que cabe en los bolsillos".  La reseña decía que era la "novela definitiva sobre el Gueto de Varsovia" y claro, no resistí la tentación.
Todos hemos visto, oído o leído en algún momento como eran las condiciones de vida en esta pequeña prisión de personas inocentes. Los que hemos visto la película "El pianista" hay escenas que no olvidaremos jamás.
Personas muriendo de hambre en plena calle y cuyos cadáveres quedaban abandonados en el mismo sitio como recordatorio perenne del futuro que esperaba a todos los demás.
Niños muy pequeños abatidos por los alemanes cuando intentaban colarse por los agujeros del muro para intentar conseguir comida para sus familias.
En esta novela vamos más allá.
Nos habla de los orfanatos donde la miseria y la tristeza se comía a los pobres niños que ni siquiera tenían una madre que guardara sus sueños.
Nos habla de los hospitales, donde los pequeños enfermos no tenían medicamentos, camas y en las que había se hacían mantas con papel de periódico.
Pero dentro de todo este drama humano está Mika, el titiritero. Aquel que vende al diablo su alma por una hogaza de pan para salvar del hambre a su familia pero, que consigue dar la vuelta a su sentimiento de ruindad, convirtiendo los bolsillos de su abrigo mágico en una esperanza de salvación.
Y... y después no puedo evitar trazar un paralelismo.
Siglo XX, Segunda Guerra Mundial. Un ejército sin voluntad, muchos sin corazón, comandados por un puñado de locos con un jefe que era como el rey de la "corte de los milagros". Convirtieron a Europa, a la vieja Europa, ha esa que ha visto arrasados sus territorios por ordas de salvajes una y otra vez desde el inicio de los tiempos, en un inmenso campo de exterminio. Y nos convirtieron a los europeos en cómplices y partícipes involuntarios de este tremendo crimen de lesa humanidad por toda la eternidad, haciendo que todas las generaciones venideras hereden la vergüenza.
Siglo XXI, quizá esa herencia de vergüenza, ese estigma, la marca de Cain, a vuelto nuestra alma fría e indiferente porque estamos viendo repetirse la historia. Volvemos a ver inocentes muriendo de hambre, de enfermedades, de la violencia provocada por cuatro locos. Volvemos a ver niños enfermos, hambrientos, huérfanos, solos, que nos tienden las manos pidiendo ayuda.
Y volvemos a convertir nuestro territorio en campos de exterminio donde los dejamos a su suerte y donde, esta vez, no somos la mano ejecutora, simplemente nos convertimos en espectadores de su muerte lenta a manos de la miseria que nosotros mismos permitimos y fomentamos.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Recuerdos de "Los Condenados"

Este post es especial para mi porque va dirigido a una de las personas más importantes de mi vida. Mi pequeñito, mi sobrino Alex. Cuando leyó el artículo "Varsovia, un viaje que me cambió", me envió un mensaje al Washap:
"Tita, ¿vas a seguir escribiendo sobre guerras?¡Mola mucho!".
Y entonces me hizo recordar la época en la yo tenía su edad. Estudiaba octavo de EGB y hacíamos trabajos en grupo sobre la Segunda Guerra Mundial para la asignatura de Historia. Aquí empecé a apasionarme por el tema y, al poco tiempo descubrí un autor al que le dedique horas y horas. Sven Hassel.
No era un doctor en Historia, no era un erudito, no era Umberto Ecco. Era un soldado del ejército alemán que contaba lo que pasaba en el micro mundo donde vivía todo lo duro que la guerra significa.
Son solo vivencias, anécdotas, experiencia que transmitir para que la juventud no tenga una idea romántica y utópica de los conflictos armados.
Son las novelas que mi abuelo habría podido escribir sobre su paso por la Guerra Civil Española.
Ellos no sabían de fechas, estrategias o nombres de batallas. Te explicaban como eran sus camaradas, lo que significaba estar días y días en una trinchera bajo fuego de mortero.
Su primera novela, "La legión de los condenados" llego a mis manos por casualidad y, a partir de ahí, seguí leyendo y leyendo hasta que el tener dos o tres años más me hizo interesarme por otros temas.
Pero uno de los títulos que más me impresionó fue "Stalingrado".
Cuando Hitler decidió traicionar a sus aliados soviéticos e invadir Rusia hizo como muchos de nosotros, ignorar el pasado y cometer, por ello, los mismos errores que, en su momento, llevaron al mismísimo Napoleón Bonaparte a la derrota.
130 años antes los franceses acometieron esta gran campaña en la segunda mitad del verano. Las grandes extensiones de terreno recorridas por las tropas napoleónicas provocaron que, antes de llegar a Moscú, les alcanzara el invierno. Las tropas soviéticas, muy inferiores en número poco preparadas y con poco armamento, aguantaron, sin embargo el asedio de los franceses.
Y además, en su retirada hacia la actual capital, fueron destruyendo todo a su paso por lo que dejaron al ejército enemigo sin suministros (a mi me enseñaron en el colegio que esto era la técnica de tierra quemada pero luego he leído voces en contra de este término).
Por tanto Napoleón, con sus tropas desnutridas, sin el equipamiento adecuado para el clima invernal y la fuerte resistencia de los rusos no tuvo más remedio que capitular y retirarse.
Esto fue el principio del fin del gran Imperio soñado por el magnífico estratega, donde Europa fuera una sola nación.
Hitler intento la proeza en las mismas fechas pero, en vez de subestimar la grandes distancias a recorrer y la dureza del invierno ruso, pertrechó a sus hombres con equipo invernal.
Una buena idea si no hubiera sido porque las marchas maratonianas en mitad del verano cargando con toda la ropa de abrigo obligó a la mayoría de los soldados ha abandonar el equipo.
El ejército alemán consiguió llegar hasta su objetivo, Stalingrado, y allí encontró una resistencia que no esperaban.
Stalin había blindado la ciudad y tanto los combatientes como los habitantes sabían que era mucho peor intentar escapar ("Ni un paso atrás" era la consigna).
Las tropas invasoras fueron rodeadas y pasaron de ser los sitiadores a los sitiados.
Durante meses murieron de hambre, frío, enfermedades y los ataques constantes de los soldados rusos en incesantes incursiones al estilo de guerra de guerrillas.
Francotiradores rusos en Stalingrado 
Los alemanes no tenían descanso ni de noche ni de día y la ciudad se iba llenando de cadáveres putrefactos, como una inmensa tumba abierta, que lo inundaba todo de pestilencia y miasmas.
A la vez se inició un principio de guerra psicológica. Por los altavoces instalados en toda la ciudad se oía durante las 24 horas y día tras día la propaganda soviética:
"Tic tac tic tac, Stalingrado fosa común. Cada 7 segundos muere un soldado alemán. Tic tac tic tac tic tac tic tac".
Se organizaban fiestas y comilonas a las orillas del Volga para martirizar al enemigo que se moría de inanición.
Al final, de los 250.000 soldados alemanes que llegaron para conquistar este bastión imposible, solo consiguieron salir 90.000 tras la capitulación, de los cuales, solo 5.000 pudieron volver a su país.
Esto, es, a groso modo, lo que recuerdo de la Batalla de Stalingrado, dejando de lado todos los movimientos de tropas y estrategias equivocadas del histrionico Hitler.
Y por último quiero hacer un homenaje a esos personajes de las novelas de Sven Hassel que acabaron convirtiéndose en mis camaradas también.
Porta, Hermanito, el viejo, el legionario, Peter Barcelona Blom...








viernes, 1 de septiembre de 2017

Varsovia, el viaje que me cambió

La idea no surgió de mi pues era un país que nunca había pensado visitar.
Yo había buscado una semana relajante en un precioso balneario en el Valle del Jerte. Pero mi compañera de viaje había recibido una recomendación especial y me hizo cambiar de opinión.
Así que ese verano salimos hacia Polonia. Para mi, gran amante de todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial, era un viaje casi espiritual. Iba a visitar lugares de los que había oído hablar, de los que había leído millones de veces.
Sabía que Varsovia había sido completamente destruida por los bombardeos alemanes al principio de la guerra. Pero la reconstrucción hecha en los años 50 es espectacular.
Yo llegué con la idea de ver la típica ciudad de un país del éste pero, y afortunadamente, los polacos han conseguido preservar su país de esa arquitectura oscura y deprimente que los soviéticos no consiguieron imponerles.
Varsovia es un lugar luminoso, colorido, lleno de vida, de música, de arte.
Pero, sobre todo, destila historia, recuerdos, homenajes. 
En cada esquina, en cada calle, en cada iglesia encuentras el reconocimiento de sus conciudadanos a las víctimas de los bombardeos. Al valor de los primeros soldados que intentaron defender la ciudad de atacantes que eran estratosfericamente superiores a ellos. Y a la resistencia después, que intento minar la fuerza de sus invasores con su guerra de guerrilla. 

Casi puedes sentir a los resistentes corriendo a tu alrededor. Te dejas llevar, inevitablemente, por la plasticidad, por el movimiento de estos monumentos. 
Pero lo más curioso es que te sientes poseído por un fantasma desde que llegas a la ciudad. Notas la presencia constante de un lugar que desapareció poco antes de la liberación, destruido, quizá por la vergüenza de sus propios creadores. El Gueto de Varsovia. 
Y digo que no existe pero no es verdad. En el antiguo cementerio judío se conserva un trozo del muro de esta gigantesca prisión, que no fue más que un campo de exterminio disfrazado de barrio, donde los alemanes encerraron a más de 400.000 personas para que murieran de hambre, de enfermedades, de miseria. Para mi, el Gueto, era un lugar de culto. Por tanto, tocar ese trozo de muro y pararme y ¡¡rezar!! (no lo hacía desde pequeña) en mi idioma, con mi religión, fue mi pequeño homenaje a esas víctimas inocentes que no fueron asesinadas solamente, también fueron torturadas de una manera que ninguna mente sana puede imaginar. 
Y me quedan dos lugares por comentar de este viaje mediático para mi.
El primero se encuentra en Cracovia. Se trata del edificio donde estaba ubicada la fábrica de Shlinder. Reproduzco mis propias palabras: 

"1 de septiembre de 1939, hace 78 años. 
Lo explico como lo vi, lo explico como me lo contaron. En Cracovia se conserva el edificio donde se situaba la fábrica de Shlinder. Ahora es un museo dedicado a la invasión de Polonia. 
A través de las fotos podemos seguir lo que pasó aquel día. 
Los polacos aprovechaban los últimos días que quedaban para ir a la playa, a pasear por los parques, de picnic. Un jornada de fiesta feliz como otra cualquiera. De pronto, los barcos alemanes aparecieron delante de la costa de Varsovia. Todavía, la población y sus dirigentes, eran ignorantes de lo que el ejército alemán pretendía. Estos mintieron a las autoridades aduciendo que eran maniobras y se acercaron lo más posible a la ciudad. 
A partir de ahí empezó un bombardeo constante y despiadado, apoyado por la aviación, que solo concluyó cuando Varsovia, una de las ciudades más bonitas de Europa, quedó destruida hasta los cimientos. 
Entonces empezó la invasión terrestre. La famosa caballería polaca no pudo hacer nada ante los tanques y las ametralladoras. La ciudad se quedó esperando la ayuda de sus aliados rusos sin comprender todavía la enorme traición de la que habían sido objeto. 
A partir de aquí comenzó la época más dramática y más oscura de la Europa del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial."

El segundo fue, después de haber viajado mucho y visitado muchos lugares, con diferencia, donde recibí el impacto emocional más grande de mi vida.
Si, por supuesto, se trata de... 

Auschwitz!!!

Nunca pensé que un grupo de edificios rodeado de muros y vallas electrificadas pudiera contener tanto dolor, tanta tristeza. Se te pega a la piel, al alma y te dura toda la vida. La imágenes están vívidas en mi memoria como si las hubiera visto ayer, al igual que las sensaciones. 
No voy a hacer un recorrido aquí porque mi vocabulario es demasiado pobre para poder expresar lo que se puede ver allí. Solo diré que, en determinados espacios, la angustia y el llanto me hicieron salir sin poder acabar el recorrido. 
De todas maneras, creo que es una visita que todo ser humano debería hacer para ver como el hombre es el peor enemigo del hombre. Que la crueldad del alma humana supera cualquier otra cosa que la naturaleza nos pueda mostrar. Que asistimos a la repetición de los comportamientos psicópatas y nos son indiferentes porque, la distancia, no nos deja sentirlos en toda su extensión, en todas sus consecuencias. Por eso, la visita a Auschwitz es fundamental para que sintamos de cerca el miedo, la desesperación y el dolor que el sacrificio de nuestros semejantes provoca. 




miércoles, 30 de agosto de 2017

Destino Incierto

Hola hermanita, probablemente cuando leas esto te vas a preocupar. Te juro que no es mi intención, solo pretendo explicarte como voy caminando poco a poco hacia un sendero desconocido en el que jamás pensé que acabaría.
Pronto hará dos años de la muerte de mamá. Las dos soportamos una tristeza enorme desde entonces. Pero sé que sabes que la mía es especialmente más dura. Se me fue mi madre pero también, mi compañera, mi amiga, mi bebé y sobre todo, mi razón para vivir.
Ella se convirtió, durante mucho tiempo, en el centro de mi existencia. Ella era el eje, el motivo por el que yo vivía. Cualquier cosa que hiciera estaba condicionada por sus necesidades, por su bienestar.
Cuando se fue definitivamente me quedé intentando manejar el estupor, como una brújula que había perdido el norte. Mi vida ya no tenía una razón, una utilidad. La tenía entera para mi y no sabía que hacer con ella.
Han sido demasiados años y perdí la costumbre (si alguna vez la tuve) de hacer planes, de mirar hacia el futuro, de tener unas metas, unos objetivos.
Ahora es tarde. Entiendemé, no lo es para planear, lo es para que yo incorpore esa costumbre.
Me quedé como un barco a la deriva, me dejé llevar por los embates del mar embravecido y empezó a importarme un carajo absolutamente todo, excepto tu y mis pequeños.
Me conoces muy bien y sabes que nunca he tenido una personalidad demasiado convencional. Me mantuve dentro de los cánones que la sociedad exige pero siempre en el límite y siempre por ella. Ahora esos límites se me van desdibujando cada vez más.
Vivir dentro del caos, increíblemente, me da seguridad. Y cada día soy más puro caos.
La educación nos marca desde que nacemos. Durante toda la vida nos enseñan lo que es aceptable y lo que no y que si no cumples con lo que se espera de ti estas fuera. Eres raro y todo el mundo te mira como a un fenómeno de feria. Por eso mis opiniones nunca han sido políticamente correctas por lo que decidí callarmelas, para evitar esos enfados que les agarraba a los demás cada vez que las expresaba. Por eso tengo un piso y una hipoteca, un coche, un trabajo...
Cuando mamá se fue decidí cortar con todos los lazos que me ataban al pasado y empezar de nuevo. Y lo hice...pero quizá no como yo quería en realidad.
Sabes, y si no te lo digo ahora, lo que me aterroriza la dependencia, los apegos. El apego a las personas se ha reducido a ti y a los niños. En cuanto al material, no se si lo he tenido alguna vez pero, en todo caso, ha desaparecido a pasos agigantados. Necesito muchas menos cosas de las que tengo para vivir pero, en este nuevo inicio, seguí dejándome llevar, para que nadie pensara que soy rara.
Pero sigo sintiendo que vivo una vida que no es la mía, que me dejo arrastrar por lo que los demás esperan que haga y no por que quiero hacer en realidad.
No se si mi camino va a continuar discurriendo por la senda que lo hace ahora por que las fronteras se me borran. Pero si acabara tomando otros derroteros, solo quiero que me mires y me veas como tu sabes que soy en realidad y me entenderás muy bien.
¡¡Os quiero!!



domingo, 27 de agosto de 2017

Atrapadas sin salida

Atrapadas. Esa es la sensación que tienen la mayoría de las mujeres, se sienten atrapadas.
La experiencia que voy a narrar no es mía pero este sentimiento es común para muchas (perdón que no incluya aquí al género masculino pero me declaro ignorante de su situación y sus ansiedades).
Porque, a pesar de que yo también comparta ese sentimiento, es por otras circunstancias diferentes. Si intentara equipararme a muchas de las féminas que leen este Blog, probablemente se indignarían bastante.
Ahora, en este post, quiero describir la rutina diaria del 90% (o más) de las mujeres españolas que son amas de casa y trabajadoras a la vez.
Se que habrá una persona que se verá retratada en este artículo y me encanta porque quiero hacerla abanderada de las vidas sacrificadas en aras de la armonía, de la felicidad, del orden en el núcleo familiar.
Las amas de casa. Han sido siempre un sector profesional denigrado, despreciado, ignorado. Un ama de casa no es alguien que se incluya dentro del censo de la población activa. ¿Por qué? Porque no tienen contrato, no cotizan a la seguridad social, son fantasmas dentro de las estadísticas, para la maquinaria burocrática del Estado, no existen.
Los accidentes domésticos cubren una parte importante de las estadísticas de muerte y resultados incapacitantes, pero ellas no disfrutan de una Mutua. 
No tienen derecho a vacaciones remuneradas, a pensión de jubilación... ¡Ni siquiera a jubilación! 
En el momento en que son madres pasan a convertirse en miembros de una congregación de la que ya no pueden salir. Junto con el cuerpo de su bebé reciben una mochila de responsabilidad que ya no pueden abandonar nunca más.
Los maridos son los jefes pero estas operarias no tienen convenios colectivos, derechos de los trabajadores, sindicatos, comités de empresa... En fin, nadie que defienda sus intereses. 
¿Y por qué ocurre todo esto? Porque las mujeres somos la única especie que nace con una profesión. Desde el momento en que una niña abre los ojos al mundo, y antes de ver si es rubia o morena, tiene los ojos negros o azules, ya se sabe lo que va a ser, esposa y madre, ósea, ama de casa.
Pero las cosas, en vez de mejorar con el paso de los siglos y la evolución humana, para las féminas han empeorado. 
Ahora si que aparecen en ese censo de la población activa pero no porque de repente se reconozca esa labor silenciosa que es el pilar de todos los hogares y por tanto, de todos los países.
Porque, considerando que, al final, esta dedicación de 24 horas al día deja tiempo suficiente, a las amas de casa se les ha regalado un hobby para que no se aburran y se sientan realizadas (pobrecitas). La jornada laboral de 8 horas.
Recapitulando, que a todas las obligaciones descritas anteriormente hay que añadir todas esas otras de las que el consorte abnegado a presumido desde el principio de los tiempos y por las que se sentía con el derecho a tener chacha a tiempo completo. 
El que, desde los tiempos del inicio del hombre, era el encargado de proveer, de satisfacer las necesidades de su familia, se ha sentido desbordado en esta monumental tarea y ha requerido una ayuda para llevarla a cabo. 
Pero no por eso el núcleo familiar se ha convertido en un quid pro quo. La mujer sigue llevando sobre sus hombros la tarea ingente de tener todas sus horas ocupadas y el papá y marido (algunos, seamos realistas) hace la concesión de "echarle una mano" en algunas labores del día a día. 
¡ECHARLE UNA MANO! Sí, como si barrer o llevar los pequeños al cole y hacerles la cena fuera hacer algo que no les corresponde, es solo "ayudar a la parienta". 
Por eso te entiendo perfectamente, mi pequeña, entiendo que te sientas atrapada, manejada, despreciada. Que no te sientas valorada ni querida.
Pero, aunque parezca que no hay salida, que las cosas no van a cambiar, que te morirás dentro de 90 años en la misma situación que estás ahora, piensa en Obama, "yes we can".
Antes de concluir quiero hacer una aclaración. No soy feminista, ni machista, ni ninguna "ista" excepto cronista. Cuento lo que veo y si llegara a no gustar a algún sector de la sociedad, estamos a tiempo de cambiar. 

jueves, 24 de agosto de 2017

Lecturas y Reflexiones

Este Blog tiene 63 entradas, 64 si decido publicar esta. Cuando compartí la primera, "Prefacio", nunca pensé en llegar hasta aquí. Creí que me desilusionaría y este experimento moriría antes de nacer.
Pero las primeras visualizaciones me animaron a seguir y, entonces, me atrapó esa adicción que es escribir.
Nunca pensé que eso pudiera existir porque, si hubiera tenido el menor atisbo, si un preceptor me hubiera llevado de la mano y me hubiera advertido de lo que podía pasar, probablemente "Lecturas y Reflexiones" no existiría. Me asustan las dependencias, siempre he ejercitado el difícil arte del desapego pero soy como un funambolista en la cuerda floja, siempre a punto de caer en las redes de la supeditación. Y hasta ese momento había conseguido mantenerme firme encima del cable.
Pero caí. Caí en las garras de la necesidad de expresarme y ser escuchada, algo de lo que había conseguido prescindir más de la mitad de mi vida.
Pero, aunque parezca mentira, este Blog es algo que llevo casi en secreto.
Sí, como cuando las mujeres utilizaban un seudónimo porque tenían prohibido escribir y publicar. Pero mis motivos, desgraciadamente para mi, son mucho más prosaicos. Se trata, simple y llanamente de vergüenza.
Vergüenza ante las miradas de asombro e incomprensión. Vergüenza ante la incredulidad del que duda de mi inteligencia. Vergüenza ante la condescendencia que hace que mi labor al escribir estos pequeños destellos de prosa se convierta en un hobby insignificante y en absoluto loable.
Cuando, con un simulacro de orgullo mal interpretado, doy algunas estadísticas de la repercusión que me ha llevado a seguir engrosando la lista de títulos en el índice, lo único que puedo ver es un inicio de asombro que, rápidamente, se torna otra vez en la dolorosa condescendencia.
Por eso "Lecturas y Reflexiones" está escrito para un público sin rostro. Unos lectores que no me conocen y, por tanto, me ven con mi auténtica cara. Esa que está desnuda porque soy yo en toda mi extensión. Sin dobleces, sin disfraces, sin disimulos. Y no tienen el vicio de prejuzgar.
Siempre he intentado adaptarme al medio, como esas especies que han conseguido subsistir durante siglos sin llegar a la extinción. Adaptar incluso mi vocabulario para, otra vez, evitar esas miradas de quien observa un bicho raro y que me hacían sentirme pequeñita y ridícula. Hacer de la vanalidad el tema central de mis conversaciones para no parecer aburrida, sabelotodo, "plasta" en definitiva.
Pero aquí pude crear el mundo donde siempre había anhelado vivir. El sitio donde poder expresar todas mis opiniones, mis sentimientos, mis pensamientos, mis experiencias. E, increíblemente, como un milagro por lo deseado, he encontrado unos oídos que me oigan y me devuelvan una opinión o un análisis de lo escrito haciéndome sentir, por primera vez en mi vida, que tengo algo interesante que contar, que merece la pena escucharme. Que tengo un lugar en el mundo.
Por eso, y a pesar de todo, me sigue doliendo la condescendencia.
Me sigue atenazando la sensación de invisibilidad cuando recibo la mirada indiferente, la frase que llevo oyendo desde que empecé la construcción de esta mi casa "Bueno, es una buena manera de entretenerte. Si a ti te divierte...".
¿Y que hubiera hecho Madame Curie si hubiera tenido que oír esta frase cada vez que intentara explicar sus investigaciones?


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Estoy inmersa en la lectura de "Memorias de Bastian" de Hugo Egido. Me sorprende conforme avanzo, es una opinión completamente...