lunes, 13 de agosto de 2018

Julia





Julia había nacido en una pequeña ciudad de provincias. Pertenecía a una familia de clase media alta para los que las apariencias eran muy importantes.
La niña contaba ya tres años y todavía no caminaba ni hablaba. La mayor parte del tiempo lloraba sin que se supiese el motivo. No jugaba con muñecas, se limitaba a quedarse sentada donde su madre la pusiera mirando fijamente al techo.
Los padres de Julia eran mayores, habían buscado descendencia durante años y, cuando ya se habían resignado a no tenerla, descubrieron con tremenda alegría aquel embarazo tardío.
Fue una gestación difícil, el feto parecía no desarrollarse de manera normal. Al final la niña nació sietemesina. Pesaba escasamente 900 gramos y su cuerpecito cabía en la palma de la enorme manaza de su padre.
Los médicos informaron a la ansiosa pareja que confiaban poco en que su hija saliera adelante, pero ella tenía unas enormes ganas de vivir y se agarró al débil hilo de vida que le quedaba desesperadamente. Así y contra todo pronóstico, a los tres meses de su nacimiento, Julia estuvo lista para ir a su casa.
Pero era un bebé que apenas abría los ojos, que no movía la cabeza ni intentaba incorporarse. No emitía sonido alguno excepto aquel llanto monótono, sin lágrimas, constante.
Cuando contaba seis meses, la pareja consultó al mejor pediatra de la ciudad. Después de interminables pruebas este les informó que algunas partes del cerebro de Julia no se habían desarrollado adecuadamente. Su consejo fue que cuando la niña fuera un poco más mayor, pusieran su caso en manos de un psiquiatra.
Cumplidos cuatro años, la paciencia de sus padres obtuvo recompensa, habían conseguido que caminara y se expresara a través de un corto y básico vocabulario. Entonces decidieron que, el resto de su evolución debía ser confiado a un profesional con los conocimientos necesarios.
El doctor Pascual era el psiquiatra más reconocido de la provincia. Trataba los casos más complicados siempre con muy buenos resultados. Decidieron poner todas sus esperanzas en él.
El eminente doctor llegó a la conclusión de que, probablemente, si estimulaba la parte del cerebro que no tenía un funcionamiento normal, este se desarrollaría y Julia se convertiría en una niña normal.
“Una niña normal” ¡eso era lo que más importante! Mantener su status en la cerrada y selecta sociedad de la pequeña ciudad de provincias donde vivían. Allí las apariencias eran lo único importante. Los niños estudiaban en los mismos colegios y el pasatiempo preferido de los progenitores era presumir de sus logros tanto físicos como intelectuales.
Ya había sido suficientemente duro justificar que Julia, a sus cuatro años, todavía no hubiera asistido al colegio. Afortunadamente, la excusa de su nacimiento prematuro y el miedo de su madre a que le sucediera algo, le sirvió al cabeza de familia para salir del paso.
Aun así, las miradas de soslayo de sus vecinos cuando salían a pasear con la niña todavía en el carrito o al dirigirse a ella y no conseguir su atención, eran el mejor ejemplo de que la sombra de la sospecha sobrevolaba sobre sus conocidos.
Por tanto, estaban predispuestos a aceptar cualquier propuesta que el eminente Doctor les hiciera, por muy descabellada que pareciera.
Dos veces a la semana se trasladaban a la consulta. Allí, ataban el pequeño y desvalido cuerpo de Julia con fuertes correas a una camilla, le introducían un trozo de goma en la boca y conectaban electrodos en su cabeza. Una vez preparada le descargas eléctricas constantes y cada vez más fuertes que hacían arquear y tensar su cuerpo.
Los primeros días, el desconocimiento la hacía confiar y se dejaba llevar. Luego se convirtió en una lucha titánica incluso vestirla para asistir al tratamiento.
Después de un mes de grandes cantidades de dinero gastadas sin resultado aparente, los padres se encararon con el Doctor
Este se justificó diciendo que el de Julia era un caso difícil, que debían insistir, que pronto verían los avances y que el sacrificio habría valido la pena.
Al cabo de dos meses la niña empezó a dejar de caminar, de hablar, incluso de llorar. Permanecía tumbada en su cama sin mover ni un musculo, con la mirada perdida en el infinito, sin expresión, con la baba resbalando por la comisura de su boquita.
Pálida y cada vez más delgada, era incapaz incluso de tragar la comida triturada que su madre le daba con una cuchara. De vez en cuando, un quejido bajo y profundo escapaba de su pecho donde, a duras penas, se notaba la respiración.
La pareja corrió al servicio de Urgencias del Hospital más cercano. Esperaron durante horas con la angustia como compañera.
Cuando apareció el medico les sorprendió la dureza de su expresión y la mirada de frio desprecio que les dirigió.
“¿Qué le han hecho a esa niña, por el amor de Dios? ¿a qué cruel tortura la han sometido? La parte de sana de su cerebro está completamente destruida, será un vegetal el resto de su existencia, ¿por qué?”
Con los hombros hundidos, demudada la expresión y ahogado por el llanto, el padre contestó:
- ¡SOLO QUERÍAMOS QUE FUERA NORMAL!




miércoles, 8 de agosto de 2018

La playa




Una mujer, una playa, un atardecer de principios de otoño. Soledad y silencio solo roto por el ruido acompasado del mar de color plateado. La brisa, que empezaba a ser fresca, se empapaba con la humedad marina.
La figura, envuelta en una chaqueta de lana que por su corte y tamaño parecía de hombre, permanecía de pie en la orilla observando con ojos evocadores el sol que se retiraba tras las olas. El pelo alborotado por el aire juguetón, los pies descalzos acariciados por las frías aguas. Las lágrimas que inundaban sus mejillas, el dolor de su mirada y la postura encogida eran la imagen del desamparo.
Él estaba allí, siempre lo estaría; nadando hacia el horizonte con la potencia de la brazada de sus largas extremidades. La muerte le había concedido el privilegio de ser eternamente joven y bello.
Diez interminables veranos llevaba soportando el dolor de su pérdida. Una década que se volvió oscura sin la luz de sus ojos y, sumida en la oscuridad, anhelaba el roce de su piel.
Recordaba con absoluta claridad la primera vez que lo vio; allí en aquella misma playa.
Ella tenía 15 años y el 16. Era una adolescente impresionable cuyas hormonas empezaban a alborotarse y la imagen de aquel Adonis rubio con su tabla de surf bajo el brazo hizo que creyera que los sueños podían hacerse realidad.
Ella todavía conservaba las trenzas y el aparato bucal y su cuerpo, aún inmaduro, la hacían sentirse insegura. Tampoco ayudaba la atención constante que las otras chicas más mayores dedicaban al muchacho, así que, aquel año se limitó a admirarlo de lejos, atreviéndose solo a imaginar lo que sería sentirse rodeada por sus brazos.
Pasó todo el año pensando en él, observándose en el espejo con la esperanza de verse convertida en mujer.
Cuando llegó la hora de volver a la zona vacacional se miró por última vez.
La imagen que se reflejaba en él le mostró como sus trenzas habían desaparecido para dar paso a una melena salvaje y ondulada que le llegaba a la cintura.
Sus ojos verdes, chispeantes de alegría, iluminaban un rostro moteado de pecas que le conferían el privilegio de la eterna juventud.
El sacrificio del aparato bucal la había compensado con una hilera de dientes blancos, que destacaban entre unos labios turgentes adornados por una sonrisa perenne. Su cuerpo pequeño, pero bien proporcionado, disfrutaba de unas curvas de vértigo, de un vientre liso. Ocultas por la ropa, se insinuaban dos colinas tersas coronadas de corolas rosadas.
Casi le costó reconocerse. No quedaba ni un resquicio de la niña del verano anterior. Sintió crecer en su interior una seguridad desconocida que hizo aumentar sus ganas de volver a aquella playa y abordar, sin vergüenza ya, al muchacho de sus sueños.
Escogió el bikini con el que se sentía más atractiva y salió llena de esperanza. La escena que vio al llegar era la misma que el año anterior con una sutil diferencia, en seguida se percató de la mirada de admiración que su amor le dirigió. Pero ella no se acercó, extendió la toalla alejada del grupo de jóvenes que reían y, sobre todo, del muchacho y su corte de admiradoras.
Pasó la mañana aparentemente indiferente a todo lo que se desarrollaba a su alrededor. Tomando el sol, nadando, leyendo…pero con su corazón en modo de espera. Él vendría, estaba segura.
Llegada la hora de volver a casa, recogió sus cosas con lentitud. La decepción iba ganando terreno en su interior. La escena que había soñado tantas noches parecía que se negaba a producirse. De repente una sombra invadió su campo de visión; miró hacía arriba y allí estaba él. Una sonrisa atractiva adornaba su cara mientras le preguntaba su nombre.
No atinó a contestar al principio, después de esperarlo toda la mañana su aparición repentina la había cogido por sorpresa. Cuando se percató de que el seguía esperando su respuesta, se sintió ridícula y contestó atropelladamente:
- Hola, me llamo Teresa. Encantada. ¿Y tú?
- Marcos, dijo sentándose a su lado. ¿Es la primera vez que vienes? No te había visto antes por aquí.
Ese verano se convirtieron en inseparables. La muchacha vivía en una nube. La realidad era aún más perfecta, si cabe, que el mejor de sus sueños.
Llegó el final de las vacaciones y la separación fue dolorosa. Habitaban en ciudades muy distantes entre si, sabían que no se verían en mucho tiempo y la opción de las llamadas telefónicas no era suficiente. Necesitaban la proximidad, el contacto físico constante.
El año pasó lento. Para ella, intentar acabar el curso con buenas notas, como era habitual, fue un trabajo arduo. En sus largas charlas nocturnas él le decía lo mismo.
Afortunadamente llegó el momento tan deseado del reencuentro. Sus cuerpos se encontraron con la desesperación de la añoranza. Inconscientes, no notaban que sus manos se buscaban, sus labios se fundían y sus cuerpos se pegaban. Lo único real para ellos eran sus miradas encendidas por el fuego de una pasión en la que se consumían con complacencia.
A partir de aquí estuvieron tan seguros como de la muerte de que jamás serían capaces de separarse.
Los padres de Teresa no quisieron ni oír hablar de aquel enamoramiento juvenil. Debían volver a casa. Ella tenía que acabar sus estudios y labrarse un futuro. Si su amor era tan grande, sobreviviría a la distancia y el tiempo. Y, una vez llegados a una edad más madura, si seguían sintiendo lo mismo, no se opondrían a una relación seria.
La muchacha lloró amargamente, dejó de hablar a sus padres, incluso inicio un conato de huelga de hambre. Pero ellos fueron inflexibles, ni por un momento se dejaron intimidar por el chantaje emocional.
El día de la despedida, el alma de los adolescentes se quebró. Cuando Teresa se giró para mirar a Marcos por última vez, la visión del chico envuelto por la luz del sol que se ponía, le dio un efecto tan fantasmal que una funesta premonición atenazó de angustia el pecho de la niña.
Pasados tres meses, al iniciar sus estudios en la Universidad, Teresa se sumergió en la rutina. El ambiente familiar era frio como el hielo y ella procuraba estar todo el tiempo posible fuera de casa.
Una madrugada sonó su móvil. El miedo la ahogó incluso antes de despertar. Su corazón le decía que algo horrible había pasado.
- ¿Teresa? – oyó una voz en la lejanía – soy la madre de Marcos. Encontré tu número en su teléfono. ¡Te ama tanto que no podía negarle su último deseo! Se muere y quiere verte.
La chica salió de casa sin ser vista, cogió un autobús. A media mañana llamaba a la puerta de la casa de Marcos. Su madre le abrió, pálida y con los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto. La abrazo fuerte sin hablar. Al cabo de un momento la hizo pasar y la invitó a sentarse en el sofá del salón.
- ¿Te apetece tomar algo? – le preguntó – pareces destemplada.
- Salí en cuanto usted me llamó. Llevo viajando toda la noche. Contestó Teresa.
- Entonces una buena taza de café caliente te irá bien. Rosalía, traiga la cafetera y dos tazas, por favor. Dijo dirigiéndose a la sirvienta.
Teresa la miraba ansiosa. Cuando se quedaron solas, preguntó.
- ¿Qué le ha pasado a Marcos?
- Mi hijo está enfermo hace mucho tiempo. Le detectaron una leucemia cuando contaba solo ocho años. Lleva la mitad de su corta vida luchando contra esa maldita enfermedad. Lo hemos intentado todo, trasplantes, quimioterapia, tratamientos experimentales… han funcionado durante un tiempo, pero luego han vuelto las recaídas, cada vez peores. Esta vez su oncólogo nos ha informado que el organismo de mi hijo ya no soporta más tratamientos, que ha llegado el final. Me pidió verte por última vez y yo no puedo negarle irse de este mundo mirando tu cara que es lo que más ama.
Había vuelto a llorar desconsoladamente. Teresa se sentó a su lado, la rodeó con sus brazos, mezcló sus lagrimas con las de ella.
Al cabo de un rato, cuando se hubieron calmado, la madre de Marcos la acompañó a la habitación donde, el chico, pasaba sus postreras horas.
Era un cuarto espacioso y alegre, donde a través de unos amplios ventanales entraba la luz y se veía el jardín.
La cama, vestida con ropa inmaculadamente blanca contenía un cuerpo que a Teresa le costó reconocer. La figura escultural del muchacho se había consumido hasta no ser más que un montón de hueso apenas cubiertos por una piel tan pálida que no se distinguía de las sabanas.
- Marcos – le llamó su madre – mira quien ha venido a verte.
Él hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir los ojos, que, rodeados de círculos negros, ocupaban la mayor parte de su consumido rostro.
Milagrosamente, una sonrisa iluminó su expresión al ver a Teresa.
- ¡Mi amor! – dijo con un hilo de voz – te estaba esperando.
Ella se acercó y, amorosamente, rodeó como pudo el maltratado cuerpo. Le llenó de besos y le susurró al oído palabras de consuelo. La expresión de Marcos se volvió serena, una paz alegre se instaló en su cara. Y así, dos horas después, abandonó este mundo.
Gran parte de Teresa partió con él. Siguió con su vida, que remedio, pero todo le sabía amargo. Nada conseguía atraer su interés. Acabó la carrera, se independizó, consiguió un buen trabajo, como sus padres querían, y nunca más volvió a hablar con ellos.
Como una especie de peregrinación, volvía constantemente a aquella playa. Hablaba con él, le contaba sus cosas, le pedía consejo, le decía que lo amaba como el primer día.
Y aquel atardecer de principios de otoño, cuando habían pasado ya diez años desde que él se fue, le vio aparecer de nuevo surgiendo de las plomizas aguas.
Al principio creyó que era su imaginación, pero él avanzó hasta llegar a su altura y la salpicó con el agua que goteaba de su pelo. La miró con aquella expresión de amor que tanto echaba de menos y le habló:
- Teresa, tú eres para mí la pasión infinita, me uní a ti desde el primer día que te conocí. Eres y serás mi mujer para siempre. Pero yo estoy muerto y tú viva. Tienes que seguir adelante sin mí. Disfruta de lo que el destino te tenga preparado. Ama y se amada. Y recuerda que yo te esperaré cuando, ya de viejita, vengas a reunirte conmigo para poder disfrutar de nuestra historia juntos, esa que nos arrebataron cuando acababa de nacer.
Se inclinó y la besó ligeramente en los labios. La humedad de su saliva perduró sobre ellos un tiempo.
El aire frio la hizo volver de su ensoñación con un estremecimiento. Con voz ronca se dirigió al horizonte:
- Adiós, mi amor. Hasta pronto.
No volvió a la playa. Vivió una vida feliz. Se casó, tuvo un marido que la quiso mucho y al que ella adoró. Se rodeó de hijos y nietos.
Una noche, en la oscuridad de su habitación, vio una sombra que se acercaba a su cama. La cara perfecta y eternamente joven de Marcos invadió su visión.
Alargando una mano, la invitó:
- Vamos Teresa, es hora de que estemos juntos otra vez.
Y se alejaron hacia el amanecer, hacia aquella playa donde habitarían felices para siempre.

jueves, 26 de julio de 2018

La sombra




Principios de siglo XIX. Los Gutiérrez, de rancio abolengo entre la burguesía Murciana, habían visto menguar el patrimonio familiar a mínimos históricos. La matriarca, buena paridora, alumbró catorce hijos sanos y fuertes a los que el sufrido cabeza de familia intentaba, de manera desesperada, dejar colocados en la mejor situación posible.
Afortunadamente la mitad de los vástagos eran niñas por lo que, desde temprana edad y como consecuencia de la solera que el apellido tenía en la ciudad, había conseguido concertar matrimonios ventajosos.
Con los varones era diferente. El mayor heredaría las pocas tierras e inmuebles que no se habían malvendido ya. ¡Pero aun quedaban seis.!
Federico era el pequeño de esta modesta formación futbolística. Cuando el chaval cumplió doce años a su padre ya no le quedaban recursos ni ganas.
Por tanto acudió al socorrido tío. Ese que toda familia respetable poseía. El miembro del clero. Otro pobre desgraciado, último aspirante a heredar y para el que solo quedaba la opción de abrazar los hábitos para poder sobrevivir.
Y, claro está, el hombre encantado de ayudar, no fuera a ser que, al final, milagrosamente, le legaran una asignación por pequeña que fuera.
El generoso tío era prior en un convento de Cáceres, pero pidió algún favor que otro y consiguió que su sobrino fuera admitido, como novicio, en una congregación cerca del palacete de los Gutiérrez.
Su familia le quedo eternamente agradecida ya que, la Señora María Luisa,  llevaba días sin parar de llorar ante la perspectiva de que su pequeñín tuviera que marchar lejos de casa.
Fue lo único que consiguió nuestro servicial fraile pues la situación no se prestaba a dispendios tontos.
Y con estas, nuestro joven Federico de catorce años, ingresó en el convento con la resignación propia del que considera este hecho como un mal menor.
A la entrada del establecimiento, acompañado por los lloros incesantes de su querida madre, el rostro del adolescente ya iba marcado por el gesto del martirio. Castigo inmerecido del inocente que, sin haber cometido pecado alguno, era condenado a vivir tras los altos muros que rodeaban el edificio, con la sola compañía de unos hermanos que, a fuerza de vivir aislados, ni siquiera se hablaban entre ellos.
Doña María Luisa se despidió de él dejándole el único consuelo de la promesa de una visita al mes.
El adolescente se fue adaptando poco a poco a la vida monacal alejada del mundanal ruido.
De tal manera lo hizo que, transcurridos dos años como novicio, decidió tomar los hábitos definitivamente.
Doña María Luisa se alegró de esta decisión. No todas las grandes familias murcianas podían jactarse de contar con un Santo entre sus miembros. A partir de ahí, la amorosa madre revistió a su joven retoño de un halo de divinidad del que jamás se desharía, ni siquiera tras la muerte de la pía señora.
Veinte años habitó Federico el convento implicándose de tal manera en la rutina de los monjes y preocupándose tanto por el bienestar de sus hermanos que con 35 años se convirtió en el prior más joven de la orden.
Podríamos decir que el último hijo de la basta prole de los Gutiérrez supo aprovechar, más que ninguno de los otros, las escasas oportunidades que la vida le brindó.
Pero tras la protección de los altos muros, los religiosos no eran conscientes de los cambios que se iban produciendo en la ciudad con el paso del tiempo. La modernidad llegaba arrasándolo todo mientras ellos permanecían anclados en la época medieval. Por tanto no vieron venir el mazazo hasta que lo recibieron sin previó aviso y con la contundencia de la sorpresa.
En el solar aledaño al convento construyeron un precioso teatro y la austera calma monacal se acabó bruscamente.
Nuestro joven Prior se quejó a las autoridades terrenales y celestiales pero no consiguió nada.
Los muros no lograron evitar que la vida mundana y algo casquivana influyera en la población clerical. Hubo algunos conatos de rebelión y se perdieron por el camino algunos novicios de espíritu débil.
Pero lo que acabó con la paciencia de Federico fue descubrir aquel agujero de la vergüenza.
Lo detectó por casualidad cuando arrancaba malas hierbas alrededor del olivo centenario. Hecho rascando la masilla entre las viejas piedras daba justo a la entrada del Teatro. A través de él los monjes satisfacían sus deseos impuros de ver la belleza femenina en todo su esplendor. Aquellas bocas pintadas y obscenas que reían provocando los más bajos instintos. A saber los actos deleznables que se habían cometido en aquel lugar bajo la protección de la invisibilidad. 
Federico oyó como un trueno dentro de su cabeza:
Mateo 5:29
"Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno".
Este acto de bajeza moral acabó con la paciencia del buen cura que, a fuerza de estar allí dentro se había vuelto muy mojigato, y devastado por la actitud díscola de todos a su alrededor, tomó una decisión drástica. Se iría a las misiones. Y como Doña María Luisa hacía tiempo que había pasado a mejor vida, nadie intentó disuadirlo.
El día de su partida, hizo parar al cochero delante de la puerta del Teatro y lanzó una maldición:
- ¡No creáis que os habéis librado de mi, pecadores!. Volveré de entre los muertos para haceros pagar vuestra iniquidad. Arrepentíos mientras podáis.
Lo que Federico no sabía era lo pronto que tendría la posibilidad de llevar a cabo su amenaza.
Dos meses duró el buen fraile en el África negra. Contrajo unas fiebres hemorrágicas que se lo llevaron en dos días.
Mientras las duras consecuencias de su exaltada e irreflexiva decisión, obligaban al inconsciente Federico a abandonar este mundo antes de tiempo, el objeto de su ira, el Teatro, iba adquiriendo la notoriedad que nace de la necesidad.
Los ciudadanos de Murcia veían, en la hora y algo que permanecían en su interior, como sus cuitas quedaban reducidas a la mínima expresión y escondidas en el subconsciente durante varios días.
Como los espectadores aumentaban progresivamente, los dueños del templo del entretenimiento se plantearon la posibilidad de añadir nuevas funciones y abrir también el viernes para dar satisfacción a la demanda.
Pero, como lógica consecuencia de este hecho, se imponía igualmente un aumento de la plantilla del Teatro.
Es aquí donde entra en escena, y nunca mejor dicho, el otro protagonista de la historia, la víctima si se me permite llamarla así.
En San Lorenzo del Escorial vivía la otra familia de la historia, los Pérez. Mucho más modestos que los Gutiérrez, sus miembros varones habían sido tramoyistas y las féminas modistas del Teatro Real Coliseo de Carlos III de dicha ciudad desde que fue inaugurado en 1772 durante el reinado del mencionado monarca.
La familia Pérez consideraba su casa aquel 
edificio de estilo barroco inspirado por los modelos de la época, sobre todo franceses y napolitanos.
Tuvieron el privilegio de contemplar al Rey y la alta burguesía en los palcos superiores. El patio estaba reservado a la servidumbre y el ejército.
Sirvieron a las mejores compañías de Europa que actuaron en su escenario.
Se mantuvieron fieles a él incluso en el periodo de la invasión francesa, en la que fue clausurado y se deterioró casi hasta su destrucción.
Pero en la actualidad, Paco Pérez, último representante de la familia, sobrevivía alternando su profesión con pequeños trabajos de carpintería, pues el Coliseo no pasaba por su mejor momento y los espectáculos escaseaban.
El tramoyistas había contraído matrimonio con Aurora García iba ya para diez años. Su esposa, murciana de nacimiento, le había conocido en el transcurso de una temporada que pasó junto a unos familiares residentes en San Lorenzo. Se enamoraron y se casaron en el corto espacio de dos años y Aurora no volvió a su ciudad.
Pero la buena mujer añoraba extraordinariamente su tierra y su familia. La esperanza de que los hijos la hicieran olvidar la tristeza que la distancia le provocaba se fue esfumando conforme pasaban los años y estos no llegaban. Por tanto cada día aumentaba el llanto en sus ojos y se esfumaba la sonrisa en su boca.
Una mañana en que ella había recibido correspondencia de sus padres, refirió a su marido la inauguración, hacía un tiempo, del nuevo Teatro de su ciudad y de lo bien que estaba funcionando.
Al final, como quien no quiere la cosa, deslizó el inocente comentario de lo paradójico que resultaba que, mientras el aumento de la actividad hubiera generado la necesidad de engrosar la plantilla en aquel, en el de San Lorenzo ocurriera todo lo contrario. Lamentable situación para un profesional como su consorte, que no tenía parangón dentro del oficio.
Dicha comparación iba en grave detrimento de la que había sido la casa de los Pérez durante generaciones pero Paco, último miembro de la saga, no podía negar que aquella dichosa mujer tenía toda la razón.
No pasó desapercibido para Aurora el cambio de expresión de su marido. Aquella pequeña luz de duda que había surgido en los ojos de él se convirtió, para ella, en una incipiente promesa que no podía desaprovechar.
Por tanto continuó con el sutil asedio a la férrea voluntad de Paco:
- Imagino que el director del Teatro estaría encantado de recibir una solicitud de incorporación del último representante de la familia de tramoyistas más importante de España.
¡Condenada mujer!. Como sabía tocar las teclas necesarias.
- Sí, dijo Paco un poco reticente todavía, estaría bien volver a ocupar mis horas dedicándolas solo al Teatro. Y un poco más de dinero no nos iría nada mal. Pero ¿dónde viviríamos?. Sabes que esta casa nos la proporcionan en el Coliseo y no tenemos que pagar alquiler.
- Bueno, el tono de Aurora era todavía más suave, no sabemos las condiciones que tendremos en Murcia pero, momentáneamente, podemos vivir con mis padres.
El gesto del esposo se torció ostensiblemente.
Ella dulcificó su expresión al punto de parecer un ángel reencarnado. Le habló con una voz que era más una caricia que una expresión verbal.
- ¿ Es acaso eso lo que te preocupa, amor? Es provisional, cuestión de días y tenemos la ventaja de carecer de gastos hasta que estemos organizados.
Este argumento junto con la poco habitual actitud cariñosa y sumisa de su consorte acabaron convenciendo a Paco.
Y así fue como los Pérez se establecieron en Murcia.
El tramoyista, satisfecho por volver a ejercer la profesión para la que había nacido y Aurora, feliz de estar de nuevo en su tierra y cerca de su madre. Estaba convencida de que esta cercanía la ayudaría a quedar embarazada de aquel hijo tan deseado.
Todo salió perfecto para la pareja los primeros dos años. Pero la fama del  establecimiento teatral siguió creciendo y volvió a crearse una falta de personal. Así que Paco recibió una propuesta inesperada, quedarse después de la última función como vigilante nocturno.
El hombre no lo dudó. Por fin, y como ella había supuesto, Aurora se encontraba en estado de buena esperanza y un sobresueldo no les vendría mal en un futuro cercano.
Las primeras noches el silencio y la oscuridad del inmenso espacio intimidaban a Paco pero pronto las rondas de cada hora acompañado por la triste luz de un candil se convirtieron en rutinarias.
De repente algo diferente sucedió. Caminaba por los estrechos pasillos de la tramoya. La negrura bajo él parecía un abismo insondable, no se vislumbraba ni un atisbo del escenario, masa sólida situada unos metros al fondo. Más bien parecía que cualquier tropezón provocaría una caída libre e infinita.
El hombre, habituado como estaba a recorrer el laberinto de cuerdas, no necesitaba la seguridad de la iluminación para avanzar. El estrecho y corto canal que la luz de su candil le proporcionaba le era suficiente. Aprovechaba la coyuntura para revisar que ninguno de los nudos que aseguraban todo el andamiaje de la tramoya estuviera flojo.
El silencio se interrumpía de vez en cuando con el crujido de la madera y el vaivén momentáneo de algunos decorados que colgaban, a la espera de cumplir con su misión.
Pero hubo un leve sonido diferente que no pasó desapercibido para el entrenado oído de Paco. Algo cortante sajaba con tino y cuidado una cuerda y por la dirección del ruido la operación parecía realizarse en una de las sogas que soportaba toda la estructura.
El hombre levantó la linterna para intentar vislumbrar a que se debía tan peligrosa circunstancia. Y lo vio, inclinado, abstraído, indiferente, como si solo la tarea que estaba realizando fuera importante.
No era más que una sombra informe. Cuando Paco tuvo que describirla a las autoridades solo pudo decir que, por el volumen, la estructura, la altura del saboteador parecía un hombre con faldas largas y capucha. Lo que no explicó a la policía fue lo que ocurrió cuando increpó al tipo.
Con voz que consiguió hacer gruesa con un enorme esfuerzo, le gritó, más con la esperanza de hacerlo huir por la sorpresa que con la intención de un enfrentamiento:
- ¡Eh, usted!, ¿que demonios está haciendo ahí y quien le ha autorizado a entrar?.
Efectivamente, la sombra levantó la cabeza como alguien atrapado en un renuncio.
La capucha cayó y dejó al descubierto una imagen que Paco no olvidaría jamás, aunque, conforme pasaban las horas empezara a pensar que aquello no había sido real.
Una fosforescencia extraña hacía resaltar una cabeza de pelo ralo. Este tenía aspecto de paja en putrefacción y se adhería al cuero cabelludo a mechones aislados, como si su propietario tuviera la tiña.
La cara era de un color blanco verdoso y lucía un aspecto apergaminado que se resquebrajaba en algunos puntos dejando tiras de piel colgante. Del sitio donde debían estar los ojos, surgían dos luces rojas macilentas, igual que bombillas a punto de fundirse. La nariz no era más que dos agujeros entre las mejillas huesudas, encima de una boca sin labios. La ausencia de estos dejaba al descubierto unos dientes negros y podridos. Regueros de sangre roja manaban de diferentes sitios manchando el hábito de monje que, la horrible aparición, portaba.
Las manos que sujetaban el cuchillo con el que intentaba cortar la cuerda parecían garras coronadas por unas uñas negras y rotas. 
El tramoyistas se quedó sin aliento, congelado, su corazón dejó de latir por unos segundos. 
De repente, una voz cavernosa pero potente, salió de no se sabe que parte del cuerpo de la horrible aparición:
- Vosotros me habéis hecho esto y ha llegado la hora de que paguéis todas vuestras bajezas y obscenidad. Habéis ofendido a Dios y el castigo acaba de empezar.
Paco no oyó nada más. Su visión se nubló, todo se volvió negro y perdió el conocimiento.
Lo encontraron desmayado en el mismo pasillo de la tramoya, a la mañana siguiente. 
Como las autoridades no encontraron nada sospechoso en el registro realizado, intentaron tranquilizar al hombre prometiéndole que, durante un par de noches, dos números de la Guardia Civil permanecerían con él.
Durante dos meses no hubo nada sospechoso y Paco volvió a hacer su trabajo con confianza.
La obra que se representaba en aquel momento era muy del agrado de los espectadores y disfrutaba de mucho éxito. Muy contento, el director les había hecho salir a todos al escenario para recibir el aplauso de los asistentes, algo poco habitual que había impresionado a Paco. 
Una vez el Teatro quedó vacío el tramoyista se refugió en su garita. Era una noche especialmente fría y con el calorcito del pequeño cubículo y las dos copas de vino que se había bebido para celebrar, el buen hombre se quedo profundamente dormido.
Le despertó el bello erizado de sus brazos que reaccionaron antes que su mente a la risa cruel y fantasmagórica que resonó en todo el recinto teatral.
De un salto se puso en pie completamente despierto. La escena que se materializó ante sus ojos desorbitadamente abiertos, le dejó aterrorizado.
El monje de la vez anterior estaba en medio del escenario rodeado de llamas tan altas que lamian el techo del edificio.
Su cara refulgía más si cabe, la luz roja de sus cuencas vacías deslumbraba. Extendió los brazos como alas de cuervo elevándose a varios metros del suelo y su voz cavernosa retumbó poseída de una alegría salvaje.
- ¡Os lo advertí malditos pecadores!. Os dije que yo, Federico Gutiérrez, Prior del convento, acabaría con este antro de perdición.
De repente, el dedo acusador de su mano carcomida apuntó a Paco como una sentencia. Inexplicablemente el espectro, que un momento antes sobrevolaba el voraz incendio, ahora se encontraba a pocos centímetros del pobre hombre al que el miedo había dejado completamente paralizado.
- ¡Maldito será este lugar por siempre!. Cada vez que se construya yo me encargaré de destruirlo y tú, pobre infeliz, huye si no quieres desaparecer con él.
Y huyó. Paco corrió como alma que lleva el diablo. Al llegar a la puerta del precioso Teatro que se consumía rápidamente se desplomó como si la vida le hubiera abandonado. Allí lo encontraron los bomberos, pálido, sudoroso, prácticamente al borde del colapso. 
Lo trasladaron al hospital por miedo a que le diera un ataque al corazón fulminante. 
Los periódicos informaron, días después, que la causa del incendio se debía a una lámpara que se había quedado encendida. Al caer, tirada por una corriente había prendido el telón. El fuego se había extendido rápidamente sin que los bomberos pudieran hacer nada.
Aurora no pudo ver a su marido hasta el día siguiente. Cuando entró en la habitación no lo reconoció al principio. La palidez mortal de su cara no había desaparecido, sus ojos permanecían llenos de pánico y su cabello se había vuelto completamente blanco. Murmuraba palabras incoherentes sobre cuencas vacías, alas de cuervo y maldiciones mientras sus manos agarraban desesperadamente la sabana que lo cubría.
Tardó varios meses en recuperarse de lo que los médicos llamaron una crisis nerviosa producida, probablemente, por la impresión del incendio.
Pero Paco, sin explicar jamás a nadie sus encuentros con Federico, e ignorando los llantos y las protestas de su mujer, decidió volver a Madrid.
Una vez allí, montó una carpintería y jamás volvió a acercarse por las inmediaciones de un Teatro.

martes, 10 de julio de 2018

Secretos




Le veía raro desde hacía unos días. Mi hijo nunca se distinguió por ser un gran conversador. Tampoco era cariñoso. Nunca tuvo el gesto de la caricia espontánea ni del beso no demandado.
Siempre fue enfermizamente independiente y, en cuanto la edad se lo permitió, no volvió a informarnos de sus movimientos o sus planes. Jamás volvió a pedirnos permiso.
Yo le decía a Manuel (Manuel es mi marido, su padre):
- Este chico entra y sale cuando quiere. Hace lo que le da la gana. ¡Deberíamos ponerle coto, Manuel!.
Él me miraba con ojos tristes y contestaba:
- ¿Ahora?. ¡Ahora ya es tarde mujer!.
El caso es que, como decía, llevaba unos días más raro de lo normal. Soy su madre y, como tal, en seguida detecto un cambio físico en mi chaval. Estaba más delgado, ojeroso, como si llevara días sin dormir. Caminaba con la cabeza gacha y los hombros hundidos. Talmente igual que si soportara un enorme peso sobre ellos.
Pero no le pregunté. De no hacerlo había perdido la costumbre. Además, ya era un hombre, ¡me daba vergüenza!.
Se lo dije a Manuel. Si era un problema de faldas, le sería más fácil sincerarse con su padre.
Pero mi marido me miró con aquella indiferencia que hacía un tiempo se había instalado en su gesto, su voz, sus ojos, su actitud…
- Si tiene algo que decir que lo haga y ya está.
Y volvió a centrar su atención en la tele. Desde que se jubiló, cinco mese atrás, no dedicaba su tiempo más que ha esta actividad.
Una noche, mientras cenábamos en silencio, mi hijo levantó la cabeza del plato el tiempo suficiente para informarnos de que se iba a vivir con su pareja.
Fue conciso, tajante. Cortó de raíz todo intento por mi parte de preguntarle como era ella, si se querían mucho, cuando y como se habían conocido. No tuve la más mínima oportunidad de sugerirle que la trajera a cenar.
A la mañana siguiente cargó todos sus enseres en su coche, como si hiciera tiempo que los tuviera preparados, y se fue para siempre.
Yo me consolé pensando que, al menos ahora que habían hecho las paces, él ya sería feliz. ¿ Por qué si no se iría a vivir con ella?.
Pasó un año. No supimos nada de mi pequeño en todo ese tiempo. Yo lloraba todas las noches cuando Manuel ya estaba dormido. Él parecía tener suficiente con los resultados de la jornada de liga. Nunca volvimos a hablar del hijo ausente.
Un día, dos años después, sonó el teléfono. Mi corazón dejó de latir. Era un chico cubano que con voz muy dulce nos informaba de que su marido, Manuel Fernández, acababa de fallecer.
- Está en el Tanatorio de la Vall d'Hebron. Será enterrado mañana en el cementerio de Montjuïc a las cinco de la tarde. Por si quieren pasarse en algún momento.
“Pasarnos en algún momento”. Esas palabras resonaron en mi cabeza durante el trayecto al Tanatorio. ¿Por qué el marido de mi hijo interpretaba que no queríamos ver a mi niño muerto? ¿De donde sacaba que no quería despedirme de él, dejarle un beso en la frente, ver su cara y acariciar su pelo por última vez?.
Cuando Pablo nos recibió a la puerta del triste edificio lo entendí todo.
Perdimos a nuestro querido hijo en el momento en que dejamos de estar presentes en su vida. Cuando ya no nos interesamos por sus vivencias y sus preocupaciones. Cuando no le dimos el ambiente propicio para el cariño y la confidencia.
Mantuvo el secreto de su homosexualidad por decisión propia más que por necesidad. No nos dio la oportunidad de aceptarlo o rechazarlo, simplemente pensó que no merecíamos saberlo. Nos quitó los dos últimos años de su vida como castigo a nuestra indiferencia.
Lo sé, hijo mío, no fui la madre que merecías, la que necesitabas.
Y te llevaste tu secreto a la tumba.

lunes, 25 de junio de 2018

Querida Milagros...(Inspirado en la creación de Quimi Portet)



El campo de batalla quedó mortalmente silencioso después de horas de incesante bombardeo.
El bosque, que amaneció de un verde luminoso, con las copas de los altísimos árboles saludando al cielo limpio de nubes y a un sol esplendoroso, se inundó del canto de los pájaros nada más nacer el astro rey.
Todo parecía normal excepto por las trincheras que recorrían su piel como enormes venas varicosas.
Pero los hombres en su interior permanecían silenciosos. Se había instalado una calma tensa después del anuncio del inminente ataque. No hablaban entre ellos, cada uno estaba en comunión consigo mismo, despidiéndose mentalmente de sus seres queridos. La mayoría agarraba desesperadamente las fotos de sus mujeres e hijos, sus padres, sus novias... en un intento desesperado de sentirse seguros, protegidos, amados.
Un silbido anunció el inicio del Apocalipsis. Los proyectiles, comenzaron a caer sin pausa, en una sucesión infinita, como una lluvia incesante que repartía muerte nada más tocar el suelo.
En unos segundos, el esplendor del bosque se convirtió en la antesala del infierno. Una niebla pegajosa, compuesta de polvo y humo, lo cubrió todo limitando la visibilidad a no más allá de la largura de un brazo. El aire se convirtió en espeso e irrespirable. El canto de los pájaros fue sustituido por el ruido de las explosiones y un grito sostenido de dolor y muerte.
Las trincheras eran un caos de hombres que corrían, ordenes lanzadas al aire que nadie obedecía, gritos incoherentes de los que, a veces, se distinguía un "¡Mamá!", "¡Papá!", "¡Marie!".
Los cadáveres iban ganando en número a los vivos y el suelo era un río de sangre mezclado de restos humanos.
Entre el caos un soldado permanecía impasible. Sentado en el suelo con la espalda apoyada en el parapeto, miraba fijamente hacía delante con los ojos muy abiertos, dilatados por el terror. Llevaba todo el equipo perfectamente colocado, el casco encajado hasta las cejas con el barboquejo bien atado. Las manos, crispadas en un gesto de desesperación, sujetaban un papel. La boca, ligeramente abierta, no emitía ni un solo sonido.
Cuando el infierno acabó, empezó el recuento de víctimas. Los sanitarios volaban intentando salvar vidas in situ. El párroco les seguía de cerca procurando salvar las almas de los que los sanitarios no podían ayudar.
El capitán, seguido de sus ayudantes, iba poniendo cruces negras en una lista de nombres de soldados pertenecientes al regimiento que yacían muertos enteros o separados de partes de sus cuerpos. Un soldado ponía en una caja las placas identificativas de los cadáveres y otro enganchaba un papel con el nombre del desgraciado y el miembro perdido para que los familiares recibieran a su ser querido entero.
El comité de la muerte llegó hasta el muchacho que seguía sentado apoyado en el parapeto. En la misma posición, con la misma expresión. Todo el cubierto de polvo, como una estatua de mármol que representara la estupefacción.
El capitán le increpó:
- ¡Eh, muchacho!. Espabila hombre, necesitamos ayuda. El infierno nos ha dado una tregua.
Pero la estatua no se movió, ni siquiera pestañeo.
Uno de los ayudantes le golpeó en el hombro y el cayo de costado. Solo entonces se hicieron evidentes los hilillos de sangre que habían manado de sus oídos y que ahora, secos ya, dejaban un adorno purpura en el blanco perfecto.
El oficial hablo con tono frío y profesional:
- Sí, lo he visto antes. Le ha matado la onda expansiva de las explosiones. Por dentro estará destrozado. Tiene un papel en la mano. Soldado, mira a ver que es.
El mencionado arrancó la misiva de las manos rígidas del muerto y la pasó a su jefe. Este comenzó a leer:
- "Querida Milagros, llevo seis días aquí. Te echo de menos, no puedo vivir sin ti..." ("Querida Milagros" Quimi Portet)
Adrián era un guapo joven de 18 años alto y muy delgado. Su rostro, de tez pálida resaltada por el cabello muy negro que la enmarcaba, estaba presidida por unos ojos tan negros como su pelo que poseían el fuego del entusiasmo. Del deseo de vivir.
Era la pasión desesperada del chico enfermizo. Nació prematuro y débil, sus primeros años los pasó encerrado en casa. Nunca jugó con otros niños. No fue a la escuela, no tenía amigos.
Cumplidos los diez su salud mejoro ostensiblemente y sus padres decidieron enviarlo al colegio de su ciudad. Pero el ostracismo de Adrián ya no tenía remedio. Se había acostumbrado a vivir en soledad y las relaciones sociales no eran su fuerte. Los niños del colegio le observaban con curiosidad, le veían como alguien extraño, siempre callado, poco participativo, tan pálido, tan delgado que de la sorpresa inicial pasaron a la crueldad infantil. Todo el mundo le llamaba "el chico cadáver". Le evitaban.
Y el intento de sus padres por que fuera más feliz le sumió en una tristeza aún más solitaria.
Pero un día, por fin, salió el sol para Adrián.
Fue a primera hora de la mañana. Permanecía sentado en su pupitre, aislado al fondo de la clase. Miraba melancólico sin ver a través de la ventana, esperando la llegada de la profesora.
Esta hizo su aparición pero no venía sola. Ella la acompañaba.
Había soñado con esa cara cada noche de los doce años de su corta vida. Sí. Estaba seguro de que, aún en sus sueños de bebé, esos que no recordaba, ella le había acompañado.
Esa bella faz luminosa, siempre tocada de un ligero rubor rosáceo. Las trenzas rubias, largas hasta la cintura. Pero, sobre todo, sus ojos. Grandes, azules, limpios, francos, chispeantes de felicidad y malicia.
La profesora la presentó mientras Adrián parecía tocado por la mano divina. Su cara enrojecida por primera vez en su vida.
Ella estaba sería y tímida, agarrada de la mano de la maestra. Pero cuando esta dijo:
- Os presento a Milagros. A partir de ahora será una nueva compañera. Démosle la bienvenida.
La niña sonrió y el mundo se abrió por primera vez para nuestro "chico cadáver".
Todo adquirió color. El sol brilló y calentó. Los pájaros cantaron adornando su vida de una banda sonora de trinos alegres. Las mariposas aletearon y Adrián sintió la brisa de color provocada por sus alas sutiles en el rostro. El aire solo olía al perfume de Milagros. El universo era Milagros. La vida era Milagros.
Pero de repente el miedo inundo su alma recien nacida. ¿Y si ella no quería conocerle?.
Si Milagros le rechazaba o se reía de él como el resto, esa incipiente vida habría muerto antes de nacer para Adrián. Su respiración dependía del aliento de ella.
No se atrevió a acercarse en el rato de descanso. Estaba rodeada del resto de miembros masculinos de la clase y reía feliz.
Tampoco lo hizo a la salida. Varios galanes revoloteaban a su alrededor casi sin dejarla caminar. Y es que la personalidad alegre, simpática de la chica, junto con la luz virginal y afectuosa que irradiaba, atraía a los moscardones como un faro en la oscuridad nocturna.
Pasaba el tiempo y Adrián se consumía en un amor que crecía como un  incendio imparable. Milagros había encajado a la perfección en clase y era la más popular, la más demandada para fiestas de cumpleaños, excursiones de fin de semana... y  él la admiraba en la distancia. Era el único con quien nunca había hablado, el único a quien nunca había dirigido una de sus miradas dulces, una de sus sonrisas confortadoras. Y él moría con cada segundo que permanecía alejado de ella.
Y un día ocurrió el prodigio. El chico se ocultaba, apostado, para seguirla de camino a casa, a la salida del colegio. De repente, alguien habló a su espalda:
- Hola. Eres Adrián, ¿verdad?.
Se giró sobresaltado y allí estaba ella. Hipnotizándolo con su mirada chispeante. Acariciándolo con su voz dulce y cantarina.
El rostro masculino enrojeció por primera vez en su vida. En su boca se tatuó una sonrisa tonta y su voz se negó a hacerse audible. Lo más que consiguió fue asentir con la cabeza.
La niña le observaba con expresión divertida, consciente del envaramiento y la timidez del chico que, avergonzado, miraba con fijeza el suelo delante de él.
- Esperé durante días a que me dirigieras aunque fuera un saludo pero jamás te vi dedicarme ni la más breve mirada. Te odié porque tenía el convencimiento de que eras la persona más arrogante que había conocido. Te observé sin que lo notaras y entonces me di cuenta de que, en realidad, yo me había convertido en todo tú universo. Nunca he vuelto a tener miedo de regresar sola a casa porque sabía que tu estabas cerca para protegerme. Pero, al ser consciente de todo esto, también lo fui de que nunca hallarías el valor para decírmelo. Por eso estoy aquí ahora, Adrián. Por eso he pasado por encima de mi obligación como mujer que es esperar a que tú des el primer paso. Porque seré infeliz todo el tiempo más que permanezca lejos de ti.
Milagros había soltado todo su discurso de corrido, sin pausa ni para respirar. Su voz tenía toda la pasión que podía poner en ella y en su cara, encendida por la vergüenza, destacaba el brillo de sus ojos azules llenos de lágrimas que luchaba por reprimir.
Las mismas que Adrián no contuvo. El chico lloraba como si las compuertas de un dique excesivamente lleno, hubiesen reventado.
Ella lo miró con ternura, le acarició el pelo, le palmeó la espalda... y esperó.
Entre suspiros, cuando recuperó su voz y su entereza, le explicó:
- ¡No puedo vivir sin ti, Milagros!. Necesito tu aliento para respirar. Los latidos de tu corazón para que el mío palpite. Tu voz para que mis oídos escuchen y tu atención para que la mía suene. Tu mirada para que mis ojos vean. Tus pensamientos para que los míos se concreten. Si no me amas prefiero desaparecer, volverme humo para rodearte sin tocarte, sin molestarte. Pero si me quieres, mi espíritu se elevará y convivirá con los ángeles porque no habrá nadie más feliz que yo en el universo.
A partir de entonces los chicos se volvieron inseparables. Paseaban de la mano, se sentaban a la orilla del río conversando en susurros durante horas.
Por las noches se escapaban de casa y, juntos, hablaban con las estrellas de sus deseos, de sus planes, de sus esperanzas...
Solo la luna era su cómplice y su amiga.
Un día la ciudad sufrió una revolución. Había estallado la guerra y los ciudadanos parecían aquejados de una fiebre patriótica que les llevaba a echarse a las calles, celebrando algo que debía producirles terror en lugar de aquella alegría salvaje.
Los chicos iban de bar en bar, reunidos en grupos, bebiendo y expresando a gritos sus intenciones de acabar con el enemigo como si fueran la mano vengadora de Dios.
Pero tras los primeros meses, pasada la euforia inicial y producidas las primeras víctimas, la población sufrió el mazazo de la dura realidad del conflicto.
Los muertos se fueron acumulando acabando, en poco tiempo, con la juventud de la ciudadanía. Cada familia había perdido a uno o más de sus miembros.
Pero la hambrienta maquinaria bélica, implacable, demandaba cada vez más alimento así que, primero se le entregó a los ancianos y después a los niños para intentar defender un territorio que exudaba sangre amada.
Adrián y Milagros vivían en su mundo perfecto. Para ellos no existía la tragedia, el miedo, la muerte, la guerra.
Solo sus manos unidas, sus miradas entrelazadas, el roce leve de sus labios era real.
Como todo mundo perfecto, es envidiado y deseado por el destino. Le hace susceptible de ser invadido. Y eso fue lo que pasó cuando la cruda realidad tapó el sol de los amantes y convirtió su bello sueño en una negra pesadilla.
Al regresar a casa aquel día, el ambiente enrarecido sorprendió a Adrián. Su madre lloraba en un rincón y la cara de su padre mostraba una mezcolanza de miedo, tristeza e ira que el chico no había visto jamás en su progenitor. Este le habló con voz contenida, baja, apenas audible:
- Hijo, sabemos esto desde hace tiempo. Hemos intentado pararlo alegando miles de excusas. No ha sido posible. Esta mañana llegó la orden definitiva. Tienes que incorporarte a filas.
La sangre se evaporó de las venas de Adrián. Su corazón dio un último latido, tan fuerte, que hasta resonó en sus oídos. Cuando salió corriendo por la puerta dejando a su padre con la orden de alistamiento en la mano, el muchacho ya había muerto.
Llamó a la puerta de Milagros como si fuera la última esperanza para retener su alma, que se empeñaba en huir lejos de él.
La pareja de enamorados pasó sus postreras horas juntos, sentados a orillas del río.
Sin hablar, pues ya lo hacía el roce de sus pieles, las lágrimas incontenibles que nacían de sus ojos tristes.
Se separaron a la mañana siguiente en el andén de la estación. Cuando el tren partía Adrián grito:
- Hablaré todas las noches con las estrellas. Ellas te transmitirán mi mensaje. ¡Te amo! ¡Para siempre!.
El oficial leyó con voz profesional:

"Querida Milagros, llevo seis días aquí.
Te echo de menos, no puedo vivir sin ti.
He visto las explosiones brillando a mi alrededor.
Tengo miedo, no lo oculto, sólo me queda tu amor.
Por ahora la suerte me ha sonreído; necesito verte, aquí no hay amigos; no estaría de más que alguien me explicara, qué tiene esto que ver contigo y conmigo. Querida Milagros, queda tanto por vivir. Sería absurdo dejarse la piel aquí. Querida Milagros, aún no he podido dormir, un sueño frío me anuncia que llega el fin.
Cuando leas esta carta háblales a las estrellas, desde que he llegado aquí sólo he hablado con ellas. He visto a los hombres llorar como niños, he visto a la muerte como un ave extraña, planear en silencio sobre los caminos, devorar a un sol que es tuyo y es mío. Muchos han muerto, casi todos morirán.
Querida Milagros, me tengo que despedir.
Siempre te quiere:
tu soldado Adrián"
("Querida Milagros" Quimi Portet para "El último de la fila").

miércoles, 13 de junio de 2018

El faro



La corta extensión de arena amarilla estaba moteada de piedras negras que surgían aquí y allá como erupciones de lava ya fría. Corría paralela al mar de un azul plomizo, siempre rizado y coronado de espuma. Eternamente enfadado.
Pero no era libre, una altísima pared escarpada le impedía desarrollarse hacía el interior y saludar a los pocos habitantes del pueblo cercano.
Tampoco le permitía alcanzar su aspiración de convertirse en playa el brazo rocoso que la pétrea pared estiraba para tocar el agua.
En la punta de esta lengua sólida, bañada y castigada por la furia marina, había un faro. Era una hermosa construcción de madera de color rojo, frágil y poderosa a la vez, dispuesta a enfrentar la furia de los vientos. A la valiente torre la coronaba una cúpula plateada, brillante, de donde surgía una potente luz que, en las oscuras noches de niebla, abría un pasillo seguro para ayudar a los barcos perdidos a llegar a puerto.
Como todo faro que se precie, estaba habitado por un farero. Un antiguo lobo de mar que había enfrentado cientos de tormentas a lo largo de su dilatada carrera como capitán. De todas ellas había salido victorioso pero no tuvieron la misma suerte amigos a los que consideraba casi hermanos.
Por eso, cuando sus huesos empezaron a envejecer y acusar los efectos de la humedad y de la dureza del oficio de marino, nuestro viejo capitán decidió dedicar lo que le restaba de ésta a velar por la salvaguarda de las naves que surcaban los océanos.
El viejo faro hacía tiempo que permanecía abandonado. Los habitantes de la aldea se acercaban a encender el reflector en las noches más oscuras pero no bastaba. El ofrecimiento del capitán fue acogido, pues, como agua de Mayo.
El farero adoptó la costumbre de quedarse un rato acodado en la barandilla del balcón del faro antes de ir a dormir. Miraba absorto el amplio túnel de luz que se perdía en la negrura, oía embelesado la bravura del mar que, varios metros más abajo, estrellaba su furia contra las piedras y perdía fuerza en una nube de espuma volátil.
Pero una noche, diez años después de la primera, fue diferente.
Allí, donde el haz de luz chocaba con la solida pared del horizonte, un reflejo fosforescente surgió de repente.
Era una niebla extraña de un color blanco amarillento y aparentemente espesa, con un brillo fantasmal que emanaba del mismo centro y se extendía hasta la frontera de la mancha lechosa.
El viejo entornó los ojos intentando aclarar su visión, disminuida por las cataratas resultado de tantos años de mirar al sol para orientarse. Había tenido la sensación de que la niebla se aclaraba a retazos, dejando ver lo que parecían las velas de un barco.
De repente el sonido del rompeolas fue ahogado por otro mucho más alto. Él crujido ensordecedor de cientos de tablones de madera, aquejados de vejez. La cortina de vapor que ocultaba al culpable de tal escándalo se descorrió para dar paso al bergantín más grande que nuestro experimentado marinero había visto nunca.
Era una nave poderosa de dos palos con todo el velamen desplegado. El foque, el trinquete, la mayor, el juanete, la cangreja... infladas por la furia del viento la impulsaban en un avance enloquecido. La fosforescencia de las aguas y la velocidad del barco provocaban la apariencia de que la enorme estructura apenas rozaba la cresta blanca de las olas.
Y allí, en el puente, con las piernas separadas y sujetando el timón con manos firmes y poderosas estaba él. Era tan alto y fuerte como una de las columnas de Hércules. Su cara marmórea, cubierta de una espesa barba negra, mostraba una resolución imposible de contradecir. El pelo bruno e indomable, se encrespaba con el poder del viento que provocaba el balanceo constante de su cuerpo.
El farero sintió, como un mazazo, la mirada de la estatua que, inmune a los elementos, le dirigía directamente a él como si la distancia que los separaba no existiera. La sensación de proximidad se fue haciendo cada vez más fuerte de tal manera que, la visión del inquietante bergantín fue desapareciendo para dar paso a unos ojos cuyo fuego iluminaban la noche como cientos de hogueras plantadas en la pequeña playa.
Hipnotizado, miraba hacía delante sin ver atrapado en aquella mirada, sin percatarse de que el capitán de la nave había desaparecido del puente y ahora se encontraba a su lado, con su boca de labios pálidos como los de un muerto pegados a su oído.
No notó la presencia hasta que una voz cavernosa de tono apremiante sonó invadiendo su mente como si manara de su propio corazón.
- Me conoces, Simón. Me has visto en tus sueños. Resido en tu conciencia. Me dejaste hundirme con mi barco. Me observaste mientras desaparecía entre las gigantescas olas agarrado al timón y me miraste a los ojos hasta que desaparecí. Igual que ahora. Dijiste "eres Satanás y tienes que volver al infierno del que saliste". Como pescador de almas, recogiste a mi tripulación y decidiste que yo no era merecedor de ser salvado. Pero me debes algo, viejo. Un pago que quedó pendiente, una compensación por los años de vagar por el mar y enfrentar millones de tormentas a los que me condenaste.  He vuelto a cobrarme la deuda.
Al farero le invadió el terror. Inexplicablemente la nave, que momentos antes se encontraba a varias millas de la costa, ahora se balanceaba a merced de las olas peligrosamente cerca de las rocas y sin gobierno.
Inclinado hacía él y casi rozándole, con la tez pálida como la de un muerto y los ojos relucientes de cólera, el capitán del barco le apuntaba con dedo acusador sin que el viejo supiera como había llegado hasta allí.
Pero la cercanía del fantasma le obligó a fijarse en sus facciones y un nombre avanzó a través de la nebulosa en la que se había convertido su memoria desde hacía algún tiempo. ¡John Kerry! Aquel hijo de mala madre y vástago del mismísimo Satanás.
Quizás su versión de la historia no encajaba exactamente con la del maldito Kerry. Tampoco los pobres marineros a los que martirizó durante años lo verían como a una víctima.
Y hablando de víctimas, el "Halcón negro", que así se llamaba el barco que ahora evitaba milagrosamente chocar contra el rompeolas, poseía en su haber gran número de ellas.
Simón recordaba algunas en concreto.
Su hijo Paul nunca quiso ser marino. Prefirió quedarse en tierra y dedicarse a cultivar una pequeña granja que apenas le daba para mantener a su mujer y sus tres pequeños. Un invierno terrible acabo con sus cosechas y las deudas con su exiguo patrimonio. Perdió la granja y se vio obligado, como muchos otros, a emigrar al Nuevo Mundo en busca de oportunidades.
El viejo le ofreció embarcar formando parte de su tripulación pero el hijo se negó. Era de tierra adentro como su madre.
Subieron pues a un gran buque con las manos vacías y el alma llena de esperanza, despidiéndose del padre bajo la promesa de enviar noticias nada más llegar. Pero nunca arribaron a puerto. El cruel destino quiso que el barco de la muerte de John Kerry se cruzara en su camino.
El "Costa del Norte" era una estructura enorme dedicada al transporte comercial, que aceptaba un número limitado de pasajeros. Tenía fama de guardar en su bodega fortunas en oro y mercancías. Paul y su familia habían depositado en manos de su capitán una pequeña fortuna reunida después de vender todo lo que poseían. El trato era llegar al Nuevo Continente en la mitad de tiempo que el resto de transportes.
Una noche muy oscura en la que la calma chicha los mantenía varados en medio de la nada, se oyó de súbito, horadando el silencio, el ruido de ciento de remos que acuchillaban la superficie plana del mar.
Los vigías del "Costa del Norte" intentaban otear la impenetrable negrura con sus catalejos para localizar el peligro que intuían, sin éxito.
Y, cuando el ruido ensordecedor lo inundo todo, como salido del mismísimo infierno, apareció justo a su lado el "Halcón negro".
Los cañones prestos para disparar, los marineros encaramados a los palos y subidos a las barandillas, sujetando un cabo con una mano y un arma con la otra esperando la orden de abordaje.
El maldito John Kerry de pie firme en el puente, miraba a su objetivo como el león a la gacela.
En cuestión de segundos, la tripulación del depredador se hizo con la presa. Trasladaron la carga al "Halcón", encerraron a todas las almas del "Costa del Norte" en la bodega y dispararon una salva de cañonazos en su línea de flotación .
El enorme buque desapareció en las negras aguas con solo un crujido acompañado de los gritos de las víctimas inocentes como despedida.
Así fue como el viejo farero perdió a toda su familia. Nunca más volvió a verlos y solo le quedó el consuelo de mirar al insondable mar para ver las caras de su hijo, nuera y nietos que le sonreían desde las profundidades.
Por eso se empeñó en hacer desaparecer aquel cáncer de las rutas comerciales. Le persiguió durante décadas dejando otros piratas en su camino de venganza. Todas las trampas que utilizó parecieron inútiles hasta una noche oscura de calma chicha. El ruido lúgubre de los remos volvió a invadir el espacio, amenazante. Pero Simón estaba preparado. Mientras en cubierta permanecía la tripulación justa, en las bodegas se hacinaban cientos de hombres armados hasta los dientes y preparados para la batalla.
Cuando se inició el abordaje las bocas de las cubiertas empezaron a escupir combatientes. Estaban igualados en número y ninguno tenía intención de rendirse. La lucha fue cruenta y solo acabo cuando los únicos
supervivientes de la tripulación del "Halcón Negro" eran John Kerry y los pobres desgraciados que usaba como esclavos atados a los remos.
Y entonces la venganza fue completa. Sujeto al timón, de pie y con la cabeza erguida, el maldito Kerry no pidió clemencia en ningún momento mientras el barco de la muerte se hundía. Simón esperó a que solo quedaran visibles la parte superior de los palos para lanzar su maldición:
- A partir de ahora y por toda la eternidad, vagaras por los mares enfrentando las más terribles tormentas.
El farero emergió de los recuerdos como de un sueño profundo y mirando directamente a los ojos de fuego del fantasma le preguntó:
- ¿Qué quieres demonio?.
La voz cavernosa sonó de nuevo.
- Fuiste muy cruel, viejo. Me debes una compensación. Mi amo necesita almas para sus calderos y tu tienes aquí una buena provisión de ellas. Atraerás a los barcos hacía las rocas y yo vendré a recoger a las víctimas para llevárselas a él.
El anciano le miró desafiante.
- ¡Nunca!, gritó.
Una risa lúgubre lo invadió todo. La mirada de Kerry volvió a llenar el horizonte y sus palabras sonaron como un trueno en la noche estrellada.
- Bien, tú lo has querido. Serás un magnífico piloto. A partir de ahora me acompañaras en mi singladura eterna.
A la mañana siguiente la señora Evans acudió al faro como cada día. Le hacía un poco de limpieza al viejo Simón aparte de llevarle la comida y prepararle el almuerzo. También le daba conversación. La pobre mujer no podía entender como alguien soportaba una soledad tan absoluta. ¿Horas y horas sin hablar con nadie?.¡Ella se moriría!.
Entró sin asombrarse de no encontrar al farero. A aquella hora revisaba el foco y lo limpiaba para que, a la noche, estuviera en perfecto estado. Lo que si le extrañó es que la cama estuviera sin deshacer. Pero pensó que el anciano habría sufrido de insomnio o el tiempo se había complicado y había permanecido alerta por si algún barco tenía problemas.
Se puso su delantal y se dirigió a la cocina.
Empezó a extrañarse cuando, acabadas sus tareas, el farero no había aparecido para consumir el almuerzo que, dispuesto encima de la mesa, se había quedado frío.
Recorrió la planta baja. Salió fuera y rodeo todo el perímetro exterior del edificio llamándolo a gritos. Ni rastro.
Temiendo que pudiera haberle pasado algo, corrió al pueblo para avisar a la autoridad ya que, la pobre mujer, no se atrevía con las altas escaleras de caracol que daban acceso a la cúpula.
La policía acudió pero no encontraron ha Simón por ningún sitio. Se organizaron partidas para rastrear los bosques cercanos. Barcos de pesca patrullaron el mar por si hallaban su cuerpo.
Tras varios meses de búsqueda infructuosa, se concluyó que probablemente el anciano había caído al mar durante la noche y la corriente arrastró su cuerpo lejos de la costa.
Mientras tanto nuestro buen capitán permanecía prisionero en el calabozo del "Halcón Negro". El maldito John Kerry solo le dejaba salir por las noches para ayudarlo en el manejo del barco. Pero a pesar de la condena inmerecida él estaba contento. No consintió que ningún farero se plegara a los deseos del demonio.

domingo, 10 de junio de 2018

Adiós amor




Te dije “te quiero" y te pareció terrible. Podías darme lo que quisiera pero no amor. Todo lo material estaba en tus manos y me lo ofrecías con generosidad, pero yo no necesitaba lo que se podía comprar con dinero.
Mi alma estaba sola y sedienta. Hambrienta de cariño, de atención. Mis oídos habían ensordecido a fuerza de escuchar reproches y ya solo anhelaban palabras amables.
Mi piel se había endurecido hacía mucho tiempo por la rudeza de la vida. Se encalleció hasta volverse insensible para defenderse de los ataques. Pero las caricias todavía tenían la capacidad de hacerla sentir.
Mis manos se acostumbraron a sentir solo la frialdad muerta del metal. Objetos sin latido, sin el temblor emocionado provocado por el roce de una piel querida, deseada.
 Mis labios, áridos como un desierto infinito castigado por el implacable sol, habían olvidado la humedad de una saliva ajena que los hiciera volver a lucir como un vergel enrojecido por el roce salvaje.
No quiero comodidad, no quiero riquezas ni joyas.
Quiero un cuerpo entregado que me haga sentir viva. Que me haga olvidar la tumba en la que permanezco hace tanto tiempo. Que le diga a mi alma: “Lázaro, levántate y anda.”
Quiero reír sin motivo, llorar de alegría, estremecerme con la brisa, adorar un olor.
Adiós amor, que pudiste ser mi salvación y te convertiste en la piedra que me hundió hasta el fondo.


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Bastian

Estoy inmersa en la lectura de "Memorias de Bastian" de Hugo Egido. Me sorprende conforme avanzo, es una opinión completamente...