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sábado, 19 de agosto de 2017

La calle de los prodigios

No estaba segura de escribir sobre el atentado ocurrido en mi ciudad. No quería dejarme llevar por el horror del momento o por la ira que una acción semejante pudiera producirme. No quiero ser injusta metiendo en el saco de la locura, la violencia de la venganza sin sentido y mal entendida, a todos los musulmanes que viven en paz en Barcelona.
Por eso esperé a que todo se calmara dentro de mi y explicar, directamente y para quien no la conozca, lo que es para mi la zona donde se ha producido este aterrador hecho.
Las Ramblas de Barcelona, un nombre mítico. Parece mentira que aunque no hayan venido nunca y no tengan posibilidades de hacerlo, es un lugar conocido en sitios muy distantes y culturas muy diferentes.
Como he leído últimamente, las Ramblas no es cualquier lugar.
Es un paseo central que, como decimos los barceloneses, va de montaña dirección mar, con una carretera a cada lado, una de subida y otra de bajada.
Bajando por la zona central, a los lados de este paseo, hay pequeños locales que comienzan siendo de libros, son sustituidos por pájaros y por último una explosión provocada por el color y el olor de millones de flores expuestas en pequeñas casetas de venta.
Todo esto está adecerazado por espectaculares estatuas vivientes, músicos callejeros, pintores que te hacen un retrato o una caricatura espectacular, vendedores de lotería, terrazas de restaurantes que sirven paella para cenar exclusivamente a los turistas y tenderetes de venta ambulante.
Y cuando llegas al final, te encuentras de frente con la estatua de Colón, rodeado por sus protectores leones que aparecen en las fotos de vacaciones de turistas de medio mundo.
En las calles laterales hay un número ingente de restaurantes de cocina de todo tipo (china, turca, marroquí, mediterránea, argentina...) y cafés con aires de finales del XIX. Tiendas de souvenirs con sombreros mejicanos, camisetas del Barça o toros en miniatura, todas ellas regidas por pakistaníes. Edificios modernistas conviviendo con otros de la época medieval. Infinidad de teatros y sobresaliendo de todos ellos, en la acera derecha dirección mar, el teatro del Liceo, la majestuosa casa que los barceloneses hemos dedicado a la Ópera y que ha sido testigo y a veces protagonista de actos de violencia en otras épocas más turbulentas.
Y de repente, una pequeña bocacalle nos descubre el Museo de Cera, impresionante, no ya por su interior, si no por el edificio donde está enclavado. Uno de los primeros Bancos, construido a finales del XVIII y con una historia misteriosa de desapariciones y asesinatos.
He dejado, a conciencia, este pequeño espacio para hacer una mención especial a un sitio pequeñito de tamaño, infinito de significado, La Fuente de Canaletas. 
Es curioso pero, una vez que llevé a unos amigos, que nunca habían visitado la ciudad, a verla, me dijeron que era muy pequeña.
Supongo que la repercusión, la simbología que tiene para nosotros la hace imaginar más grande.
Pero la leyenda no escrita que dice que si bebes de la Fuente siempre volverás a Barcelona la ha convertido en el sitio de reunión espontánea de la ciudadanía para celebrar alegrías o llorar tristezas.
Nuestras Ramblas son el corazón de nuestra ciudad, cuando hace mucho que no paseamos por allí, la añoramos como a un ser querido que hace un tiempo que no ves.
Es una calle que jamás se siente sola porque siempre hay alguien para hacerle compañía, para mirarla con asombro, admirarla y fotografiarla. Por un momento nos la han robado, bañando con sangre, miedo y muerte su suelo. Pero no es la primera vez que eso le pasa. Han desfilado ejércitos y han pasado guerras ante sus ojos y ahí sigue, alegre, colorida pero sin olvidar nunca a las víctimas que murieron en sus brazos.
Y espera con cariño a todo el que quiera venir a visitarla.

sábado, 27 de mayo de 2017

Barcelona 50-60

Hago caso a medias a mis amigos José y Goretti. A medias porque no voy a borrar el post anterior, solo voy a olvidarlo. No lo borro porque siempre vuelvo a leer cosas determinadas que he escrito, cuando estoy en otro estado de ánimo, e intento averiguar de donde salió y porque.
Hablemos de otra cosa pues.
Llegué a Barcelona a finales de los 60 en aquel bum de la inmigración. Mis padres, como tantos otros, vinieron de Andalucía buscando un futuro mejor... ¡¡No!! Rectifico, mi padre hizo eso en el año 57 cuando aún era soltero. Y esta ciudad se le metió dentro.
Durante toda su vida aquí, trabajo como mozo de parada en el Mercado Central de Frutas. Pero en el año 57, ese mercado era el... ¡Born!. ¡Imagináis cuantas veces pasó con su carretilla llena de cajas por encima del gran yacimiento arqueológico sin saberlo!.


Y sobre todo se enamoró de los barrios bajos de Barcelona. Vivía en una pensión de la calle del Carmen, que enlaza las Ramblas con el Paralelo y sale justo en la parte donde estaba el teatro Arnau (local de Revista de pro).


Años después, siendo niña todavía, recuerdo haber recorrido esas calles donde aún malvivian tiendas cuyos escaparates relucían con lentejuelas, boas, zapatos imposibles... Todo el vestuario laboral requerido por una vedette que se precie.
También era el área donde se concentraba la prostitución. Pero no la de alto standing, esa estaba en sitios mucho más impensables.
La otra, la de la esquina y la farola, la del bolso y el cigarrillo, la de estar por casa.
Pero lo que mi padre adoraba era los gimnasios. Había muchos por allí entonces. Y me estoy refiriendo a esos gimnasios con cuadrilátero, espejo y saco. De allí salieron campeones de boxeo y era el último refugio para las viejas glorias que recordaban éxitos pasados.
Y como el no era de putas pero si de juego, se pasaba por las tardes a apostar en el frontón. Se movían grandes cantidades de dinero allí y los buenos pelotaris estaban muy bien pagados. Creo que aún se hace pero no estoy segura. Lo que si se es que el Jai-alai subsiste como isla en mitad de un océano de locales de máquinas tragaperras.
El movimiento, básicamente nocturno, de toda esa zona se animaba mucho más cuando atracaba un barco. Pero no uno de esos cruceros que llegan ahora a cientos y dan rienda suelta a miles de turistas.
Eran barcos rusos, americanos... Grandes buques de guerra que vomitaban marineros sedientos de alcohol, juego y sexo.
Todavía recuerdo de pequeña ver aquellos grupos de tripulantes rusos con sus graciosas gorras de plato sin visera y la cinta cayendo por detrás.
Mi padre volvió a Huelva, se casó con mi madre e inmediatamente se volvieron aquí.
Él dejo los barrios bajos y se fueron a vivir a Hostafrancs, cerca de Plaza España. Yo he adorado siempre esa parte de la ciudad. Está alejada de los turistas que visitan la Avenida Maria Cristina, la Fuente Mágica, el Palacio de Montjuïch... Pero tiene una inmensa vida comercial y cultural. Y lo que más me gusta, conserva ese sabor de la Barcelona obrera de los años 40 y a la vez se deja influir, aunque de lejos, por el ambiente canalla del Paralelo.
Sin haberlo visto, siempre llevaré en mi memoria, por las veces que me lo explicó mi madre, la imagen de ella, acodada en la barandilla del terrado donde tenían alquilada una habitación, mientras miraba a mi padre (un guapo y fuerte chaval de 23 años con vaqueros, camisa negra con las mangas dobladas y el pelo oscuro y rizado) que venía, sujeto de la barra por la parte de fuera de la puerta del tranvía, y que se bajaba de un salto en marcha, antes de que llegara a la parada. Ese tranvía yo ya no lo conocí.


Desgraciadamente el primer embarazo, fallido por cierto, de mi madre les hizo volver a Huelva. Ella no quería vivir esa experiencia sola, lejos de su familia.
Mi hermano nació muerto. Yo llegué a este mundo. Se me malogró otro hermano y al final nació mi hermana.
Pero para cuando eso ocurrió, él hacia tiempo que se había vuelto a Barcelona.
Al final arrastró otra vez aquí a mi madre minusvalída y dos hijas pequeñas (mi hermana de cuatro meses y yo de cuatro años). Solos en esta gran ciudad.
Pero cuando un día, yo le espeté creyendo que me cargaba sus argumentos: "Al final tu, como todos, viniste a esta ciudad a buscar un futuro mejor", me dejo muda al contestar: "No, yo vine a esta ciudad porque la amo".
Esto es una visión de la Barcelona que va de finales de los 50 a finales de los 60 a través de la experiencia de mi padre.




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