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viernes, 11 de agosto de 2017

Las 13 rosas



Agosto de 1939. La guerra civil había sido ganada por los mismos militares golpistas, declarados en rebeldía contra el gobierno legalmente constituido y elegido libremente por el pueblo soberano, que la habían provocado.
Los cimientos del régimen se asentaban todavía sobre arenas movedizas pero el jefe supremo de la rebelión había sabido rodearse de perros de presa sin escrúpulos que sabían hacer muy bien su trabajo.
Este ejército especialista en la guerra sucia de las torturas y al que pertenecía una sección de sabuesos que se dedicaban a infiltrarse y detectar potenciales traidores, se dedicaban a limpiar el terreno de los pocos militantes y dirigentes de izquierda que pudieran haber quedado en territorio español. Ósea aquellos que no habían podido huir al exilio, no habían acabado pudriendose en cárceles, en batallones de trabajos forzados o que no habían acabado sus días en las tapias de algún cementerio y luego como esqueletos sin nombre en una fosa común.
Pero, en realidad, solo quedaban en España unos pocos jóvenes idealistas cuya mayoría se había afiliado al principio de la guerra y que llevan a cabo un tímido y débil intento de reorganización en la clandestinidad de sus partidos cuyos principales líderes no podían tutelarlos.
Uno de estos partidos era el JSU (Juventudes Socialistas Unificadas).
El 27 de Julio de 1939 se produce un atentado en el que mueren, el general Isaac Gabaldon, personaje relevante del aparato de represión franquista, su hija y su chófer.
Los miembros de la JSU son acusados de este hecho que es interpretado por el régimen como un desafío por parte de las organizaciones de izquierdas y la excusa perfecta para depurar todos los posibles enemigos en la sombra.
Gracias al antiguo militante comunista reconvertido en policía Roberto Conesa, que se infiltra en la organización, los ficheros de militantes que no pudieron ser destruidos al final de la guerra y las delaciones, bajo tortura de sus propios compañeros, fueron detenidas 67 personas, los primeros días. De estas, 65 fueron condenadas a muerte y 63 fusiladas.
Entre estas víctimas se encuentran 13 jóvenes. Trece chicas entre los 18 y los 29 años, trabajadoras, soñadoras, preocupadas por un país perdido que había caído de cabeza en una dictadura cruel y vengativa. Pero, sobre todo, buenas hijas,esposas, madres, hermanas, novias...¡¡INOCENTES!!
Y se convirtieron en leyenda y el pueblo las llamó "Las 13 rosas".

Carmen Barrero Aguado, 20 años, modista.



Martina Barroso García, 22 años, modista


Blanca Brisac Vázquez 29 años, pianista


Pilar Bueno Ibáñez 27 años, modista.


Julia Conesa Conesa 19 años, modista


Adelina García Casillas 19 años, activista


Elena Gil Olaya 20 años, activista


Virtudes González García 18 años, modista


Ana López Gallego 19 años, modista


Joaquina López Laffite 23 años, secretaria


Dionisia Manzanero Sala 20 años, modista


Victoria Muñoz García 18 años, activista


Luisa Rodríguez de la Fuente 18 años, sastra


Las 13 rosas pagaron con sus cortas vidas el miedo de los dirigentes a perder el poder que tanto les había costado conseguir. Sus cadáveres, junto con muchos otros, formaron los cimientos de una dictadura que aguantó 40 años porque supo muy bien limpiar el territorio de sus enemigos, reales, potenciales, futuros o imaginarios.
Supo infundir el miedo suficiente al pueblo español para que no quedarán rescoldos en la hoguera que pudieran convertirse en un incendio futuro.
Pero ellas serán recordadas siempre porque su inocencia, su valentía, su fuerza, perduraran para siempre en la historia de nuestro país.

miércoles, 28 de junio de 2017

Aguacero

"Aguacero" cayó en mis manos por casualidad. A través de la reseña de un Blog.
Es de aquellas historias que te atrapan con sólo leer un extracto.
Cuatro asesinatos, dos de ellos cometidos en una pareja de la guardia civil y acompañados de su dosis de tortura, se dan en un pequeño pueblo de la Sierra de Madrid.
Estos sucesos están ambientados en los primeros años de la dictadura, cuando los vencedores, amparados por la fuerza que da la victoria e impelidos por el rencor de tres años de guerra civil, utilizaban cualquier excusa para pequeñas venganzas personales contra los vencidos.
Época en la que, todavía el régimen se sentía amenazado por los escasos focos rebeldes que quedaban.
El dictador dedicaba su tiempo a inaugurar embalses y presas como si no hubiera un mañana y ha hacerse fotos pescando salmones.
Y es precisamente la construcción de una de estas presas el telón de fondo que utiliza Luis Roso para unir toda una amalgama de personajes cuya coincidencia en el espacio habría sido difícil de otra manera.
Sindicalistas encubiertos, aristócratas venidos a menos, comunistas traidores, guardias civiles de todas las tendencias pero con el sello de siempre como aparato represor del estado, el típico alcalde facha, misogeno y narcisista...
Y sobresaliendo por encima de todos, Ernesto Trevejo, inspector de la policía de la capital.
Trevejo es un personaje construido de manera magistral que nada debe envidiar a los de Dashiell Hammett.
Cuando, en un momento concreto de la historia, alguien comenta al inspector que tiene cierto parecido con Humphrey Bogart no es más que poner en palabras una sensación con la que convives desde su primera aparición.


Sarcástico, analítico, desconfiado. Mostrando siempre una cara y ocultando el resto. Maneja de forma maestra el curso de las conversaciones de tal manera que, manipulando al interlocutor, consigue saber lo que el otro no está dispuesto a contar.
"...Se nota que tiene usted correa en este negocio ".
Escrita en primera persona, como cualquier novela negra que se precie, nos transporta a la España rural de la posguerra, con más sombras que luces.
El tempo está finamente calculado para que no sea tan rápido como para que el lector se pierda, ni tan lento que se aburra.
En definitiva, una de las mejores novelas negras que he leído de un autor español.
Pero no quiero acabar este post sin hacer mención especial de un personaje en concreto, Merceditas, la prostituta.
Sorprendente porque, a pesar de su oficio, es tímida, recatada, vergonzosa. Un error de juventud dio pie a su hermano para utilizarla como mercancía. ¡No tiene desperdicio!
No hay mayor satisfacción para un lector que disfrutar con una novela y esta te deja plenamente satisfecho. Espero poder añadir al inspector Trevejo a los personajes de mi vida participando en otras de sus aventuras.


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